Las imágenes del 2023

Ciudad de México /

No sé cuántas veces haya escrito lo que hoy escribo, quizá mil. Mil y una será entonces esta que hoy redacto y con la que espero por fin convencerlo: una imagen nunca, jamás, valdrá más que mil palabras. Mil palabras son mil puertas abriéndose una a una para construir un camino y, al final del párrafo, llegar a su destino. Deber del redactor repetirlo: mil palabras son mil palabras. Por su parte, la grandeza de una imagen radica en que se traduce en una palabra distinta en cada mirada que la mira. De ahí que, si la semana pasada le presenté las palabras del año, hoy le muestro las imágenes del 2023. Las que entraron por la pupila y ahí se estancaron.

La bahía de Acapulco devastada por el huracán debería ser una y, a pesar de la brutalidad, el asombro y la tristeza, no fue así. Cristales rotos, palmeras desgajadas y una ciudad entera que de la noche a la mañana regresó a ser una obra gris. Como los ánimos y como el espíritu. Grises. Sin embargo, las imágenes más memorables de la tragedia de Acapulco no las protagonizó Otis, sino nuestro mandatario. La primera, al día siguiente de la desgracia, el Presidente pretendía llegar a Acapulco por tierra y no lo haría ni ese día ni nunca. Nuestro mandatario atascado en el lodo sobre un jeep militar. Su cabeza fuera de la ventana mirando como con cada esfuerzo de salir del fango se hundía aún más. Metáfora sucia de un sexenio.

La segunda, nuestro mandatario en un buque militar, mirando desde la distancia la triste bahía. De tan lejos la miraba, que la miopía ayudaba para hacer borrosa y poco definible la desgracia. Un homenaje dijeron. Y así, llevaron una corona de flores blancas que con el calor y las horas transcurridas, terminaron por morir como los muertos de Acapulco y, al pretender depositar la ofrenda, se le soltó al Presidente y cayó de golpe contra el mar. Splash. Algo flotaba sobre el agua. Flores muertas que algunos confundieron con más basura.

Terrible la frase que cerró el párrafo anterior, porque es la que engarza con la imagen de Shani Louk, la ciudadana germana israelí en la caja de una pick up, boca abajo, en ropa interior, con una de sus rodillas girada de manera imposible, como si fuera de trapo. Sus captores la exhiben sometida por las calles de Gaza -la pierna de uno sobre su cintura, la mano del otro enredada en su cabellera-, mientras alguien se acerca y le escupe. Saliva. Pasta de sangre mezclada con tierra. Agua salina.

La siguiente imagen es tan famosa que hasta nombre tiene: PO1135809. La foto con la que se fichó a Donald Trump, el primer presidente fichado de los Estados Unidos. En ella, la mirada de Trump es desafiante, imposible dejarlo de mirar. Una imagen tan potente, que sirvió como lanzamiento de su campaña para obtener de nuevo la candidatura. Tan buena y tan mala, la foto se imprimió en millones de promocionales y, tan solo en la primer semana, recabó siete millones de dólares.

Cierro la página y el año con una imagen muy famosa aunque solo una persona la vio. Dice nuestro Presidente que la semana pasada al sobrevolar Acapulco de noche vio foquitos de colores y que eso significa el regreso a la normalidad.

De ahí que le suplique que en este instante prenda su arbolito. Quien quita y el año entrante todo regresa a la normalidad.


  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
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