Hace muchos años que no teníamos tanto miedo. Para ser exactos, desde el siglo pasado. Nos estamos muriendo de miedo. No es una figura retórica. No es una hipérbole. Me refiero al plural más grande que existe en el planeta. Nosotros. Todos. La especie humana al borde de su extinción. Por lo menos eso nos han advertido hasta la hiperventilación y el temblor algunos de los expertos que desarrollan inteligencia artificial. Nos va a superar. Nos va a someter. Nos va a matar. Y a nosotros no nos ha quedado más remedio que morirnos de miedo.
Y, sin embargo, el miedo no es malo. Al contrario. Quizá es lo único que pueda salvarnos. Un pedazo de ese miedo fue el que llevó a Trump a extender una alfombra roja hasta el avión del mandatario chino, Xi Jinping. Esperarlo al pie de la escalerilla y recibirlo de mano. Guardia de honor, 21 cañonazos de salva, doce aviones caza y dos bombarderos B-1B cruzando por encima de sus cabezas mientras se interpretaba el himno de los Estados Unidos y también, por qué no, todas esas declaraciones de los desarrolladores de inteligencia artificial diciendo que tienen miedo de la velocidad que han alcanzado. Quizá otra forma de amedrentar y negociar con Xi Jinping.
Era protocolo, era reconocimiento, era exhibición de fuerza. Pero era, sobre todo, miedo. No hay nadie más en el mundo por el cual Trump haría algo parecido. No es que no quiera, es que no existe. Sólo están ellos dos compitiendo por la superinteligencia. Y, entre los dos, todos nosotros. Más allá del miedo que uno siente por el otro. Es el miedo a ambos.
Y aquí aparece una extraña nostalgia. La conciencia de que por aquí ya pasamos y sobrevivimos. En los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial inventamos la bomba atómica, y con ella una novedad aterradora: destruir al enemigo podía significar destruirnos a nosotros mismos. Le habíamos arrebatado el Apocalipsis a Dios. Ahora podíamos provocarlo solos.
Durante siglos imaginamos el fin del mundo como castigo, profecía o destino. Después de Hiroshima se convirtió en posibilidad técnica. Un gesto. Una equivocación. Un botón. Y, ante todo, no una superpotencia sino dos para provocarlo.
Durante más de cuarenta años, Estados Unidos y la Unión Soviética se repartieron la posibilidad de acabar con el mundo. Siempre al borde, siempre en el filo. Hasta que ocurrió una de las paradojas más extrañas de nuestra historia: aquello que podía destruirnos fue también lo que nos contuvo. El miedo.
Le dimos nombres más elegantes. Disuasión nuclear. Destrucción mutua asegurada. Equilibrio del terror. Churchill llegó a imaginar una época en la que la seguridad sería “la robusta hija del terror” y la supervivencia “la hermana gemela de la aniquilación”. Tener miedo era lo racional.
Hoy la inteligencia artificial empieza a ocupar el lugar simbólico que alguna vez tuvo la bomba. La carrera por la superinteligencia se parece cada día más a aquella carrera armamentista. El botón ha cambiado por un switch. Cambiaron los nombres, no el esquema: Estados Unidos y China frente a frente. Y entre los dos, otra vez, el miedo.
La lección es clara. Si sobrevivimos al siglo pasado, no fue por sabiduría ni por bondad. Fue por miedo. Así que ya lo sabemos: para que nuestra especie conserve la vida, primero hay que matarla de miedo.