Trump mira fijamente a la cámara. Las manos entrelazadas hacen que sus dedos índices alineados nos apunten. El lente cierra hasta llegar a su negra pupila: la cabeza de una bala dentro de una pistola lista para detonar. Entonces dispara la frase que cierra el episodio del día:
Nicolás Maduro… ¡You are FIRED!
Un vuelco inesperado en la trama. Los que juraban que Trump jamás se atrevería —TACO le decían por aquello de Trump Always Chikens Out— se atragantan con the whole enchilada. Un episodio memorable en la segunda temporada de The Apprentice in The White House. Justo al cumplir el primer año de la serie: el primer mandatario expulsado. Entran los créditos: la CIA, el ejército norteamericano, los cubanos vencidos, los chavistas temblorosos. Fade out.
Cliffhanger que nos pone al borde del precipicio de nuestro propio asiento. No es casualidad. Trump conoce de emociones, de ratings y de audiencias. Durante 14 temporadas produjo y protagonizó The Apprentice, al que solo abandonó para ir a buscar la candidatura a la presidencia, es decir, una pantalla más grande. El reality más exitoso de la NBC y la incubadora de un presidente.
Hoy nos damos cuenta. The Apprentice era la precuela. Arcos dramáticos ajustados para hacer de la política espectáculo y con el espectáculo poder y dinero. Administración del pulso. Gobierno del sistema nervioso colectivo.
Voz de locutor en off, grave, omnisciente: Previously on The Apprentice in the White House. Trump anuncia que quiere Groenlandia. Comprada o tomada, será suya. Cortes rápidos a sorpresa global, indignación europea, patriotismo inflamado, silencio latinoamericano. Corte a la nieve. Una foca se desliza para caer del glaciar al mar con una dignidad que pocos organismos multilaterales conservan. Aparece título al centro.
The Apprentice: Global Leaders Edition. Davos Special.
Se abren las puertas laterales. El foro de Davos se ilumina como cualquier foro de televisión en blanco alpino. Entra Donald Trump mientras, en todas las cabezas, suena la marcha de Darth Vader en Star Wars: tum-tú-tum, tú-tú-tum. Avanza rozando las sillas de cuero como si evaluara quién merece seguir en la temporada geopolítica.
Sucede entonces lo insólito: su discurso mueve mercados en tiempo real. Un reality de cotizaciones. Suben, caen, se tensan, se calman. Los algoritmos reaccionando a la cadencia de su voz. Los traders a su respiración. Los bonos a sus pausas. Hasta que suelta la frase que funciona como ansiolítico global: “No voy a usar la fuerza en Groenlandia”. Subieron las bolsas, el peso se apreció, los bonos del tesoro y el dólar detuvieron su caída. Todos comportándose como audiencias, respondiendo al arco dramático diseñado: el problema debe aparecer, escalar, dramatizarse, simplificarse y resolverse dentro del marco emocional que la audiencia soporte. Eso los hará sentir tanto alivio que olvidarán que Trump lo provocó, reconocerán su magnanimidad y la felicidad los llevará a creer, invertir y votar. Los réditos del poder.
El episodio de la semana está a punto de terminar. No es un trámite, Trump huele el rating.
Europe… ¡You are FIRED!
Canada… ¡You are FIRED!
Cuba… ¡You are FIRED!
Continuará...