¿Y usted a quién le va?

Ciudad de México /

M+.- La neutralidad es una de las grandes vanidades de la inteligencia. Uno cree que puede mirar el mundo desde arriba, sin involucrarse, sin permitir ser tocado por una emoción. Incluso creemos que eso nos hace más listos. Hasta que empieza el partido.

Una gran lección del futbol y, sin embargo, no hablo del juego sino de la vida. De esos momentos en que uno jura que no va a tomar partido, que no le va a nadie. Hasta que llega una patada. Un desplante de soberbia. Un abuso. Un gesto. Y todo cambia.

No necesariamente porque uno encontró al héroe. A veces, sencillamente, porque encontramos al villano.

Quizá por eso el futbol sirve tanto para entender la política. Porque le quita la ideología acartonada y se remite a una pregunta elemental: ¿quién quiere usted que gane? O, lo que es lo mismo: ¿a quién le gustaría ver perder?

Piense en Donald Trump. Es difícil estar de su lado. Tan difícil que su aprobación entre sus propios compatriotas anda por 35 por ciento. La mayoría de la gente está en su contra. Y sin embargo, hay momentos en que la vida pone a los peores personajes del lado correcto de la jugada. Frente a Maduro, frente a la banda criminal del Tren de Aragua y su líder, el Niño Guerrero. Uno no puede dejar de cuestionar el impulso imperial, las formas, la violencia. Pero si la pregunta se reduce a esa que uno se hace dentro del estadio, las cosas cambian. ¿Quién prefiere usted que pierda: Maduro o Trump? ¿El Tren de Aragua o Trump? Ahora, siga por esta línea de asesinos y delincuentes y pregúntese quién le gustaría que perdiera: ¿los narcogobiernos de México o Trump? Quién prefiere que gane: ¿Rocha Moya o Trump? El punto no es hacerse hincha de Trump, sino rechazar algo que evidentemente es peor.

¿Keiko aunque se apellide Fujimori o el candidato de la izquierda peruana cuyo expresidente está en la cárcel? ¿Trump o Díaz-Canel, la continuidad que Raúl Castro dejó instalada en el autoritarismo cubano?

Lo mismo pasó con el presidente del PRI. No es que Alito Moreno tenga muchos seguidores en su equipo. Sin embargo, ahora que el PRI ganó los 16 distritos de Coahuila y Morena ninguno, muchos —algunos en voz baja y otros a todo pulmón— celebraron. No era porque pareciera que regresaban los priístas, sino porque Morena se merecía perder ésa, porque la soberbia y el autoritarismo se merecen un marcador en contra. Basta ver a Vicente Fox celebrando los triunfos del PRI: absurdo. O como cuando Alito empujó a Noroña. A veces uno no apoya a los triunfadores porque sean admirables, sino porque enfrente hay algo insoportable.

Y ahí tiene a la CNTE. Usted puede estar en contra de Morena, contra su maquinaria, contra esa vocación suya de confundir patria con partido, pero si justo enfrente está la CNTE dispuesta a chantajear, bloquear y pedir un 100 por ciento de incremento sin parpadear, uno le tiene que ir al Gobierno. 

Ahora bien, después de ver que la CNTE podría recuperar el control sobre plazas y ascensos a cambio de levantar el bloqueo, a uno le dan ganas de regresar a aquel otro partido: el que la CNTE perdió frente a Aurelio Nuño ¿Se acuerda? Entonces, por un momento, se le arrebató su capacidad de extorsión a la coordinadora.

Pero ya lo ve, haber perdido el control del balón, se nos convirtió en autogol.


  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
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