Acecho: violencia silenciosa

Hidalgo /
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El peligro rara vez se anuncia con estruendo; casi siempre prefiere el susurro y la constancia. Empieza con un mensaje fuera de horario, un encuentro "casual" en el café de siempre o una notificación en el teléfono que avisa que alguien sigue tus pasos en redes sociales. Al principio, la mente humana, programada para buscar la normalidad, intenta justificarlo: "Es solo un malentendido", "es alguien intenso", "son coincidencias". Sin embargo, en esa minimización radica la mayor victoria del agresor y el mayor peligro para la víctima. Reconocer que se está sufriendo acecho no es un acto de debilidad o paranoia; es, en su sentido más estricto, el primer y más urgente mecanismo de defensa.

 El acecho, conocido internacionalmente como stalking, es una forma de violencia psicológica silenciosa pero devastadora. Su éxito no depende de la fuerza física inmediata, sino de la erosión sistemática de la paz mental. Quien lo padece empieza a vivir en un estado de alerta permanente, modificando sus rutas, cancelando sus planes, desconfiando de su entorno y, finalmente, aislándose. La normalización de estas conductas es una trampa mortal: el acecho es una conducta progresiva. Rara vez se detiene por sí solo; por el contrario, la falta de límites suele alimentar la obsesión del acosador.

Admitir frente al espejo —y frente al entorno— que se es víctima de este delito es un paso sumamente difícil. Existe un peso social invisible que muchas veces revictimiza a las personas, sugiriendo que "exageran" o que de alguna manera provocaron esa atención no deseada. Pero romper el sesgo de la negación es vital. Solo cuando la víctima valida su propio miedo e incomodidad, puede activar los resortes necesarios para protegerse: desde alertar a su red de apoyo familiar y laboral, hasta comenzar el meticuloso registro de pruebas —mensajes, llamadas, bitácoras de encuentros— que los sistemas de justicia exigen para actuar.

Escribir sobre el acecho es recordar que el miedo no debe convertirse en nuestra rutina. Nadie tiene derecho a adueñarse del espacio, del tiempo ni de la tranquilidad de otra persona. Nombrar al problema por su nombre —acecho— es quitarle la máscara de la normalidad. Solo a partir de ese crudo diagnóstico es posible trazar la ruta de salida, exigir respuestas a las autoridades y recordar que la seguridad personal empieza por negarse a normalizar lo intolerable.

 Y justo en ese sentido, recientemente Hidalgo ha dado un paso gigantesco en la lucha de esta y otras conductas de violencia; el Congreso del Estado aprobó reformas al Código Penal que incorporan el acecho como un delito, con el objetivo de fortalecer la protección de las víctimas frente a estas conductas de violencia, hostigamiento y uniones forzadas de personas en situación de vulnerabilidad.

Con la creación del artículo 175 Ter, el delito de acecho será sancionado con tres meses a dos años de prisión y multa de 10 a 40 días para quien, de manera reiterada y sin el consentimiento de la víctima, realice actos de seguimiento, vigilancia, acoso o comunicación insistente, ya sea de forma presencial o mediante tecnologías de la información, provocándole temor por su seguridad o integridad.

 La pena podrá duplicarse cuando la víctima sea menor de edad, exista una relación de parentesco, confianza o subordinación, se incumpla una orden de protección, el agresor invada un espacio privado de la víctima o el responsable sea un servidor público que utilice recursos de su cargo.

 Sin perder el rumbo: vivimos en una era hiperconectada donde la línea entre el interés y la intrusión se ha vuelto peligrosamente delgada. Por eso, el ejercicio de reconocer el acecho nos obliga a cuestionar la normalidad que aceptamos a diario. El silencio nunca ha sido un buen escudo contra la obsesión. Al cerrar esta página, cabe hacernos la pregunta incómoda: ¿cuántas alarmas silenciosas estamos ignorando a nuestro alrededor bajo la excusa de la indiferencia? La tranquilidad no se negocia; el primer paso para defenderla es tener el coraje de no normalizar lo intolerable, nos leemos en la próxima.


  • Ana Parra
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