Existe una extraña expectativa en nuestra sociedad: la de pensar que las personas, y especialmente quienes ocupan algún puesto de responsabilidad o liderazgo, deberían ser capaces de satisfacer a todos al mismo tiempo. Sin embargo, la realidad se empeña todos los días en demostrar lo contrario.
Hay decisiones que inevitablemente incomodan, cambios que generan resistencia y posturas que, por el simple hecho de existir, despiertan críticas.
Quien intenta avanzar, innovar o simplemente hacer las cosas de manera diferente, con frecuencia descubre que está remando a contracorriente.
No importa cuánto esfuerzo se invierta, cuántas horas se dediquen o cuántos resultados positivos se obtengan. Basta un error, una decisión impopular o una expectativa no cumplida para que todo lo demás parezca desaparecer de la memoria colectiva.
Lo bueno se vuelve cotidiano y casi invisible; lo negativo, en cambio, adquiere un protagonismo desproporcionado.
Quizá sea una característica muy humana. Recordamos más fácilmente la puerta que se cerró que las diez que se abrieron; la crítica recibida que los reconocimientos obtenidos; el desacuerdo puntual que los años de trabajo y compromiso.
Sucede en las familias, en las empresas, en las universidades, en las organizaciones y en la vida pública.
Quienes ocupan posiciones de liderazgo suelen convertirse en depositarios de frustraciones, expectativas y demandas, muchas veces contradictorias entre sí.
Si avanzan demasiado rápido, se cuestiona la prisa; si avanzan despacio, se critica la falta de decisión. Si escuchan a unos, decepcionan a otros.
Y si intentan complacer a todos, terminan perdiendo el rumbo.
Con el tiempo uno aprende que la búsqueda obsesiva de aprobación es un camino sin salida. Siempre habrá alguien que considere insuficiente el esfuerzo, equivocada la decisión o invisible el resultado.
Y está bien que así sea. La crítica, cuando es honesta y constructiva, también ayuda a mejorar.
El problema aparece cuando únicamente somos capaces de ver lo que falta y no lo que existe; cuando el error pesa más que la trayectoria; cuando olvidamos que detrás de cada cargo, cada responsabilidad y cada decisión, hay personas que también se equivocan, aprenden y hacen su mejor esfuerzo con la información y las circunstancias que tienen en ese momento.
Tal vez el verdadero reto no sea darles gusto a todos, porque eso simplemente es imposible.
El reto consiste en actuar con congruencia, mantener el rumbo y conservar la serenidad incluso cuando se navega contra la corriente.
Porque al final, remar a contracorriente también tiene una ventaja: permite saber hacia dónde se dirige uno, aunque el río insista en empujar hacia otro lado.
Y quizá esa sea una de las lecciones más valiosas de la vida profesional y personal: no permitir que el ruido de las críticas silencie la convicción de estar haciendo lo correcto.
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