Mujeres: igualdad o discriminación

  • Columna de Ángel Aguirre Rivero
  • Ángel Aguirre Rivero

México /
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El ejercicio de la mujer de sus derechos ha enfrentado el rechazo de una clase política dominada por los hombres, una gradual toma de conciencia de sí mismas, pero sobre todo, una lenta evolución del sistema político mexicano.

Ejemplo del atraso atávico es el lamentable episodio del reciente proceso electoral, donde 17 hombres se hicieron pasar por mujeres para burlar las reformas de paridad de género.

Casi cuatro décadas transcurrieron desde que se promulgó la Constitución de 1917, para que el 17 octubre de 1953 obtuvieran el derecho al voto y a ser votadas, un avance que en los hechos no les abrió los cauces de participación política.

En las discusiones de la Carta Magna, la Asamblea Constituyente no tomó en cuenta el escrito presentado por Hermila Galindo para que le fueran reconocidos los derechos políticos a las mujeres. Hermila, pese a la negativa, buscó una diputación, sin que le fuera reconocido el triunfo.

En 2002 se obligó a los partidos a establecer una proporción 30-70 por ciento de candidaturas para mujeres y hombres; en 2008 la proporción subió a 40-60 hasta llegar a la reforma de 2013 al artículo 41 constitucional, con una paridad 50-50.

Es una paradoja que siendo las mujeres la mitad del país sean excluidas de los espacios donde se toman las decisiones. La rudeza con que se disputan los espacios de poder no encuadra con la forma de hacer política de las mujeres.

Una revisión al número de gubernaturas, senadurías, diputaciones y alcaldías, en manos de mujeres revelaría que la lucha no ha concluido.

Ante el descrédito que sufre una clase política dominada por los hombres, es oportuno abrir nuevos estilos. Más allá de las manifestaciones públicas en fechas de aniversario, los hombres que hacemos política debemos reconocer el valioso aporte de las mujeres en la construcción de la nación.

En el reconocimiento de los derechos de la mujer, nuestro país encontrará las certezas que, durante décadas, los hombres no han logrado darle al país. Pero además estoy convencido que la mujer es más honesta y tiene una mayor vocación de servicio que nosotros, los varones.

Del anecdotario:

Hace unos días desayuné con Álvaro Carrillo Incháustegui, hijo del gran compositor oaxaqueño-guerrerense, quien me platicó una historia extraordinaria sobre este personaje.

Álvaro tenía un medio hermano de nombre Porfirio, quien participó al lado de Genaro Vázquez Rojas, en la guerrilla de los años 60.

Alguna vez le pidió que se reunieran en Chilapa, ya que le quería entregar un presente, toda vez que advertía que en cualquier momento Porfirio podía perder la vida.

Álvaro acudió y para su sorpresa, un grupo armado lo detuvo, le vendaron los ojos para trasladarlo hasta un lugar donde se encontraba el jefe guerrillero.

Álvaro asustado después de tres horas de terracería, preguntaba: “¿A dónde me llevan?”

–Usted no pregunte, le conviene –contestaron sus captores.

Cuando llegó al lugar indicado, lo esperaban Porfirio, su hermano, y el comandante Genaro Vázquez.

–Álvaro, yo le guardo mucha admiración y quiero que se quede unas horas con nosotros para disfrutar de sus canciones.

Le expresó el profesor e insurgente guerrerense.

La bohemia entre el guerrillero y el compositor duró tres días.

Al final se hicieron grandes amigos, y como prueba de su amistad, el guerrillero le obsequió un machete costeño, una metralleta calibre 22 y mezcal suficiente para muchos días.

Al encuentro, el propio Álvaro lo denominó “un secuestro bohemio”.

La vida es así…


* EX GOBERNADOR DE GUERRERO

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