A menudo son las fechas relacionadas con películas las que dictan mis columnas. Hoy se impone escribir de “Fausto”, la película silente de Friedrich Wilhelm Murnau que acaba de cumplir cien años ya que se estrenó el 14 de octubre de 1926 en el UFA-Palast en Berlín. Fue el último filme que Murnau realizó en Alemania antes de viajar a Hollywood donde lo esperaban en los estudios Fox que lo habían invitado a integrarse al equipo de directores. En Estados Unidos el director de cine alemán gozaba de gran fama por sus películas “Nosferatu” (1922), “El último de los hombres” (1924) y “Fausto. Una leyenda popular alemana” (1926) que aportaban al cine, aún joven y silente, temas y estéticas visuales capaces de materializar de manera potente historias fantásticas, hechos sobrenaturales, cuestionamientos filosóficos y tragedias humanas y sociales degradantes. Robert Wiene con “El gabinete del Dr. Caligari (1920), Paul Wegener y Carlo Boese con “El Golem” (1920), G.W. Papst con “El callejón sin alegría” (1925), Henrik Galeen con “El estudiante de Praga”(1926), Fritz Lang con “Metrópolis” (1927) y G.W. Murnau habían desarrollado un tipo de cine basado en la potencia narrativa visual y la expresividad de la construcción de planos, el uso de luz y sombras, los movimientos de cámara y la invención de “trucos” - es decir efectos visuales y especiales - que el cine silente estadounidense no utilizaba. “Fausto” surgió como proyecto inspirado por la leyenda de un curandero, alquimista y adivino que murió en 1541 en el sur de Alemania. Su personaje fue retomado por el escritor británico Christopher Marlowe en una obra de teatro publicada en 1604 y por Johann Wolfgang von Goethe en el siglo 18. Para su película estrenada en 1922 Murnau se basó en escritos y grabados sobre la leyenda popular y el drama de Goethe para convertirlos en un espectáculo visual que materializa a través de un estilo cinematográfico, una gran cantidad de efectos – inventados para el filme, además de una cámara libre y creativa, la lucha entre el bien y el mal, la mente y el corazón, el sueño de la eterna juventud, la impotencia humana frente a las tragedias naturales y el poder del amor.
La película se estructura en dos partes. Después de una secuencia de introducción que muestra de manera imponente los movimientos de las “fuerzas en el cielo”, observamos la negociación de un pacto entre el arcángel y la encarnación del mal, materializada en el personaje de Mephisto. El centro de la apuesta lo conforma el personaje del viejo y sabio Fausto quien, según el arcángel, no se deja corromper. Mephisto apuesta que será capaz de hacerlo y el arcángel le promete el dominio de la tierra si gana la apuesta. Obvio que - por razones de suspenso y construcción del drama - Fausto cae en manos de Mephisto pero no lo hace por avaricia sino para salvar la ciudad de la peste que causa estragos entre la población. El pacto entre Fausto y Mephisto por el regreso a la juventud, se da como resultado de un truco que seduce al viejo con el fantasma de una bella joven desnuda. El vuelo del joven Fausto y Mephisto sobre la capa negra por el mundo, las imágenes de ciudades medievales desde el cielo y el aterrizaje en el palacio de una marquesa que está celebrando su boda, es de una belleza visual imponente. Sin embargo, a pesar de realizar su deseo y conocer el placer, Fausto termina anhelando su hogar.
Mientras que la primera parte del filme destaca por la riqueza estética del expresionismo, la segunda recupera temas, narrativas e imágenes que aluden al romanticismo y pinturas como las de Caspar David Friedrich y retratos religiosos. La seducción de la inocente joven Gretchen, su tragedia como mujer y madre abandonada que enloquece por desesperación y termina en la hoguera, y el arrepentimiento de Fausto que mueve tierra y cielo para salvarla, abordan dilemas morales y éticos que humanizan las existenciales de la primera parte de la película. Por cierto, una versión restaurada silente con una banda sonora atractiva de “Fausto” se puede ver en las plataformas You Tube y Mubi.