FICG 2026: Historias y Clausura

  • La pantalla del siglo
  • Annemarie Meier

Jalisco /

La ceremonia de clausura del FICG 41 me enseñó una vez más que el universo del cine iberoamericano se distingue de otras regiones del mundo tanto para los que lo realizan, producen, promueven y difunden como para los que disfrutan verlo y gozarlo. Lo comento en cuanto a las películas que pude ver, las que ganaron premios y también por los discursos de agradecimiento de sus creadores y hacedores. Sí, hacedores, ya que, como formuló muy bien Elena Viladerll, secretaria de Ibermedia al recibir un reconocimiento por la labor en pro del cine iberoamericano: Por lo general los festivales premian a los autores y equipos de realización y no a los que hacen el trabajo de la industria en impulsar, acompañar y divulgar proyectos. La ceremonia de clausura me enseñó que el FICG ha desarrollado una vocación de “festival de trabajo” donde al lado de la fiesta al cine y sus autores, también se trabaja la cultura, educación y las distintas tareas de la industria.

Lo que también me convence es cómo una “gala” de clausura es capaz de mostrar la importancia de los tipos de cine que se privilegian en Iberoamérica. “Contar historias es el primer punto de arranque de la tecnología humana: Poder conectar con lo que nos hace mejores personas”, expresó el director estadounidense Darren Aronofski al recibir el Mayahuel Internacional. El comentario de que el cine consiste en “narrar historias” ya parece un lugar común. Lo que es importante es lo que Aronofski agregó al carácter narrativo del cine y constatamos en las películas del FICG y los discursos de sus hacedores. “Conectar con lo que nos hace mejores personas”, significa no sólo narrar sino fijarse en el porqué, cómo y para quién de las películas. La ficción mexicana Soy Mario de Sharon Kleinberg narra de las diversidades, la lucha por la identidad y contra la represión, la chilena Hangar rojo de Juan Pablo Sallato descubre la contradicción entre la moral y ética personal contra la disciplina militar en un Estado autoritario represor, Feito pipa de Allan Deberton y André Miranda describe el mundo de un niño que vive en el aislamiento, mientras que los documentales mexicanos La misma sangre de Ángel Ricardo Linares y Querida Fátima descubren por una lado la lucha campesina en una región marcada por la pobreza y por el otro el intenso dolor y la desesperada búsqueda de justicia de una familia hundida por la brutal muerte de una pequeña hija.

Como en otras entregas de premios del FICG los jurados fueron llamados al escenario para entregarle la estatuilla a los ganadores, una manera muy bonita para valorar su trabajo. El hecho de “dar la cara” frente a los comentarios con los que justifican sus decisiones, atrae, además, la empatía del público que en ningún momento hizo escuchar una expresión de descontento. Los discursos de agradecimiento se distanciaron de los que escuchamos en la mayoría de las galas de clausura de festivales donde los premiados suelen extenderse en nombrar a sus familiares. Lo que sí escuchamos en la ceremonia fueron comentarios acerca de la difícil situación del cine en varias regiones de Iberoamérica y alusiones a las injusticias de las que tratan los filmes. Los cineastas de Argentina y Chile expresaron sus preocupaciones por el rumbo que está tomando la política en sus países, mientras que creadores de otras partes mencionaron la violencia, los feminicidios y la represión contra ciertos grupos, comunidades y pensamientos. El colectivo del proyecto documental Querida Fátima subió al podio para recibir varios premios, entre ellos el de Mejor Película Mexicana. Fue emocionante ver y escuchar su necesidad de dar a conocer la historia de la pequeña Fátima. En contraposición con el Festival de Berlín, donde, según relataron los medios, hubo reclamos por la falta de posturas políticas, en el FICG los ganadores expresaron sus preocupaciones por sus regiones y la situación del cine.


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