“I Swear”

  • La pantalla del siglo
  • Annemarie Meier

Jalisco /

En los últimos años ha crecido el número de películas que nos advierten desde su comienzo que están “basadas en hechos reales”. “I Swear” (se puede traducir como “Yo maldigo o yo juro”), escrita y dirigida por el inglés Kirk Jones trasciende lo que por lo general se espera de un biopic que relata la vida de un personaje real. El filme empieza con una toma cenital de un castillo y el letrero “2013 Edinburgh Escocia”. En un lujoso salón con personas elegantemente vestidas un mayordomo invita a pasar a la sala de protocolo. Mientras los invitados pasan frente a la cámara descubrimos cómo un mujer discute con un hombre en frac que se resiste a entrar a la ceremonia con Su Majestad, la Reina. La mujer finalmente lo convence y los dos entran al salón mientras que una orquesta toca el himno nacional británico. Es en este momento que sucede lo que John, el protagonista en frac, temía: Se le escapa un “Fuck the Queen” a todo volumen que provoca que los asistentes se volteen indignados. Sin embargo, no pasa nada y la reina le entrega a John Davidson, un escocés de edad mediana, una distinción por su activismo en pro de la difusión del conocimiento del síndrome de Tourette, enfermedad de la que él mismo padece. Del año 2013 el filme regresa a 1983 para observar a través de la perspectiva de John (interpretado por el niño Scott Ellis Watson), cómo a los doce años descubre que su cuerpo y mente muestran conductas incontrolables que nadie se explicaba. Su padre se distanció de él por no tener los reflejos necesarios para jugar futbol, su madre no aguantó sus escupitajos y ruidos al comer y lo alejó de la mesa familiar, sus compañeros de escuela se alejaron de él por ser un freak. En los años ochenta del siglo pasado el síndrome Tourette no era conocido y John Davidson, interpretado magistralmente por Roberto Aramayo, tuvo que pasar por un infierno de incomprensión, coraje y agresiones antes de que su padecimiento y vulnerabilidad encontraran aceptación y empatía y empujaran al hombre a convertirse en un activista reconocido por el gremio médico y la Reina de Inglaterra.

Lo que el filme ya no enseña es que, a pesar de ser reconocido medicamente, el síndrome de Tourette y sus síntomas motrices y verbales siguen siendo desconocidos hoy en día. La prueba la pudimos observar por televisión durante la ceremonia de entrega de los premios BAFTA, donde John Davidson cuya autobiografía y consultoría sirvieron a Kirk Jones para escribir y realizar el filme, sufrió un episodio al entrar a la ceremonia ya que “I Swear” estaba nominada a varios premios. Al entrar al teatro Davidson no se pudo contener y gritó unas palabras racistas hacia un actor afrodescendiente. El público las interpretó como ofensa e hizo falta que le explicaran de quién venían para que el escándalo no escalara.

La película dedica secuencias muy dolorosas a la reacción del entorno familiar y social de John. Como espectadores enterados de su padecimiento acompañamos a John con empatía y algunos de los insultos agresivos y a menudo obscenos incluso nos causan risa ya que las interpretamos como rebelión de un personaje que trasgrede las normas de la buena conducta. Creo que con su tono de tragicomedia el filme satiriza el cliché del inglés como ciudadano apegado al orden, la disciplina y los buenos modales. La manifestación del desorden del sistema motriz y la comunicación verbal irrumpe en lo que se considera normal y rompe el orden establecido. Como espectadores vivimos “I Swear” como biografía de un personaje vulnerable, como historia fuera de serie y como una lección de comprensión con personas que rompen con las normas sociales. Las impactantes actuaciones y la banda sonora profundizan la experiencia fílmica.


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