Una vida oculta (A Hidden Life) de Terrence Malick narra una historia real. Tema, duración, ritmo y estilo del filme de cerca de tres horas no busca el público masivo sino espectadores que se interesan por el conflicto moral de un campesino austriaco que opuso resistencia al régimen nazi que en 1938 organizó un “plebiscito” de anexión de Austria a la Alemania nacionalsocialista. Franz Jägerstätter fue el único de su pueblo de montaña cerca de Salzburgo en votar en contra y en 1943 presentó una objeción de conciencia que fue rechazada al igual que su petición de integrase al ejército como paramédico. Como hombre religioso recurrió al obispo quien le recordó su obligación de servir a la patria. En otoño de 1943 Jägerstätter fue juzgado y ejecutado. En el 2007 en la parroquia de Linz, el hombre fue beatificado por haber sido un ejemplar “siervo de dios”.
Malick rodó el filme en 2016 en locaciones de Austria y con actores europeos de habla alemana. Con su acostumbrado cuidado por la autenticidad, la profundización del tema y el cuidado por los detalles, el realizador le dedicó meses y años a la posproducción que resultó en un filme cuyo tema, duración, ritmo, actuación, estilo visual y sonoro son absolutamente magistrales. Al recordar entre otros sus filmes La delgada línea roja y El árbol de la vida salta a la vista que Una vida oculta es la continuación de una obra que parte de una profunda preocupación filosófica por la naturaleza humana y la civilización. La manera de Malick de centrarse en el trabajo, las emociones y voces internas de los personajes vuelve más evidente el dolor por la irrupción del poder y la violencia.
La mirada dominante desde la limusina de Hitler hacia las filas de admiradores que lo saludan con entusiasmo del inicio del filme, contrasta con las imágenes de los paisajes de montaña, los campos y la pareja enamorada de Franz (August Diel) y Fanny (Valerie Pachner) y sus niñas. El filme nos hace sentir el pasto y el heno, oler el establo con las vacas, escuchar las campanas de la iglesia y el crujir del piso de madera de la casa. La estética de la naturaleza y el idilio familiar, sin embargo, son interrumpidos por el ruido de aviones, el saludo nazi y el cartero en bicicleta que empieza de repartir los llamados al ejército. De ahí en adelante crece el dilema moral de Franz, se endurecen las agresiones de los vecinos, el acoso de la autoridad y la resistencia de un hombre que sigue su voz interna de lo que es lo justo. El filme cierra con una cita de la escritora británica George Eliot (seudónimo de Mary Anne Evans) y su novela Middlemarch (1874) que habla de la importancia de acciones de “héroes anónimos” que llevaron una “vida oculta” y descansan en tumbas desconocidas.