Donaciones

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Las donaciones pueden ser una bendición. Y, bajo ciertas circunstancias, son también una maldición. La reciente experiencia alrededor de los terremotos de Venezuela y Colombia ha sido aleccionadora y ha confirmado algo que siempre hemos sabido y que, sin embargo, ante cada tragedia vuelve a hacerse evidente: las donaciones de la población internacional suelen convertirse más en un dolor de cabeza que en una solución.

Cuando ocurre un desastre, las comunidades originarias de los países afectados, diseminadas por el mundo, se organizan para ayudar. Algunas reúnen y envían dinero, lo cual suele ser altamente útil. Otras compran productos sumamente necesarios. El problema es que muchas más terminan recolectando toneladas de cosas inútiles: ropa vieja, alimentos que nadie solicitó y mercancías cuyo traslado cuesta más que la mercancía misma.

El agua es el ejemplo perfecto. De poco sirve comprar botellas en México para enviarlas a Venezuela o Colombia, cuando una botella con agua cuesta 10 pesos y transportarla 1,500. Lo mismo sucede con muchos alimentos y productos perecederos. La solidaridad, cuando carece de lógica y de logística, puede terminar siendo extraordinariamente ineficiente.

Detrás de esto operan varios fenómenos psicológicos. El primero es absolutamente noble y comprensible: la gente quiere ayudar. Comprar algo, llevarlo a un centro de acopio y sentir que se está contribuyendo produce una legítima sensación de solidaridad. En otros casos también sirve para aliviar la culpa de estar lejos mientras los suyos atraviesan una tragedia. Y, por supuesto, tampoco falta el oportunismo de quienes se fotografían hasta el cansancio frente a montañas de cajas de ayuda, para probarle y comprobarle a las redes sociales que son buenas personas.

El resultado, sin embargo, normalmente es el mismo: bodegas llenas de productos que nadie ni quiere ni requiere, mercancías que se pudren en el olvido, y gobiernos y organizaciones presionados para transportar cosas inservibles. Todo esto, por una combinación de buenas intenciones, mala información y, en tristes pero frecuentes ocasiones, búsqueda de protagonismo público y reconocimiento digital.

No creo que este artículo vaya a detener a quien mañana quiera donar diez cajas de ropa usada o veinte litros de agua. Lo que sí juzgo urgente es empezar a construir una cultura de información alrededor de las tragedias. Ayudar no consiste en mandar lo que sea o lo que queremos dar, sino en entregar aquello que realmente se necesita. Porque, en una emergencia, la intención sin información se convierte inevitablemente en otra forma de desorden, que crea más problemas de los que ya hay. Y hasta aquí la reflexión asistencial de tu Sala de Consejo semanal.


  • Arnulfo Valdivia Machuca
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