El color púrpura

Edomex /

El color que resulta de mezclar el rojo, el azul y el amarillo es un tono entre marrón y guinda: el ya reconocido color púrpura de Morena. Casualidad o no, esta es la metáfora perfecta para comprender la esencia de un movimiento político aplastante desde 2018. En tiempos electorales, la analogía invita a profundizar en el significado de Morena, como reflejo de la identidad política nacional.

Analizar a Morena implica entender las dinámicas de hartazgo que motivaron el voto masivo a su favor en 2018. Sin embargo, reducir dicho apoyo simplemente a un voto de castigo sería ignorar las raíces más profundas de su base electoral. La verdadera fortaleza de Morena radica hoy en quienes ven al estado de bienestar nacionalista como la opción ideológica más conveniente para México y para sí mismos. Esta ideología, creada y defendida por el PRI durante décadas, fue después abandonada por ese partido en favor de una ideología de capitalismo competitivo global, históricamente defendida por el PAN. De ahí que la base de Morena acepte sin cuestionamientos el concepto del PRIAN.

El electorado nacionalista, huérfano y resentido ante la transformación del PRI y frente a un elitismo conservador que el PAN nunca logró sacudirse, encontró en Morena una alternativa que resonaba con su identidad. Esto, agravado además por la exclusión eterna y la corrupción rampante llevaron a muchos a adoptar como propio el proyecto de Morena.

Morena no es un partido, sino un movimiento que desarrolló la capacidad de articular una coalición amplia, que recorre todo el espectro ideológico de izquierda a derecha, replicando lo que en su momento logró el PRI antes de volverse progresivamente excluyente. Así, mientras el PRI evolucionó de movimiento amplio a partido de nicho, Morena nació como partido de nicho en el PRD y logró consolidarse como movimiento amplio.

Ante este escenario, a los partidos tradicionales sólo les quedó una opción: unirse. El problema es que no han logrado crear un color púrpura que los amalgame para competir. La mezcla es todavía una forzada plasta de tres colores distintos, que se dicen unidos, cuando en realidad no lo están. Ahí radica su dilema: necesitan estar juntos pero no quieren ser vistos como revueltos y ello los debilita.

Al final, sea como sea, PAN, PRI y PRD enfrentan el desafío de reinventarse para competir, porque al igual que el PRI de los 1920, el Morena de los 2020 está equipado para gobernar por muchos años y ellos no. Incluso si hoy mantienen algún relativo grado de competitividad electoral, cada vez les costará más trabajo ganar. Y es que, volviendo a 1920, el PAN está igual que entonces: encasillado. Y así como Morena, que entonces no existía, el PRI y el PRD están a nada de dejar de existir. Es la reflexión coloridamente electoral de tu Sala de Consejo semanal.


  • Arnulfo Valdivia Machuca
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