G7

Estado de México /

Durante décadas, el G7 fue leído como el club de las economías ricas y como un espacio en el que se discutían formas de crear crecimiento global incluyente y amplio. A juzgar por la reunión de esta semana en Evián, Francia, hoy se ha convertido en algo distinto: en el consejo de seguridad estratégica del mundo occidental.

El Grupo de los Siete reúne a Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Japón, con la Unión Europea plenamente involucrada en sus trabajos. Nació en 1975 como un espacio de coordinación entre potencias industriales para ordenar crisis económicas, estabilizar mercados y discutir desarrollo. En el viejo mundo globalizado, el G7 servía para generar prosperidad. En el nuevo mundo geopolítico, sirve para administrarla.

Las declaraciones del G7 en Evián no tuvieron que ver solamente con crecimiento, cooperación o ayuda internacional. Ahí, el G7 habló de la guerra en Ucrania, de sanciones a Rusia, de las armas nucleares de Irán, sobre la apertura militar del estrecho de Ormuz, sobre la protección de Taiwán, la amenaza que representa Corea del Norte, sobre cibercrimen, acceso a minerales críticos, sensibilidad de las cadenas de suministro, dependencia energética, infraestructura digital, control de la migración, lucha contra el narcotráfico, ébola y financiamiento estratégico. Es decir: el G7 dejó de ser una mesa económica para convertirse en una mesa de poder.

Esto revela una transformación profunda: desde la óptica de los países más ricos del mundo, el desarrollo hoy está íntimamente ligado a la seguridad y a la compatibilidad cultural. Durante años, Occidente apostó por una globalización relativamente abierta, en la que el comercio, la inversión, la cooperación y los organismos multilaterales parecían suficientes para ordenar el mundo. Esta reunión del G7 confirma que esa época terminó. Hoy, ya no se busca profundizar la globalización, sino acotarla y ordenarla en torno al objetivo de reducir riesgos globales.

Así, el G7 ha dejado de ser un club de desarrollo para convertirse en una arquitectura informal de seguridad y gobernanza occidental. Sin aún reemplazar del todo a la ineficaz ONU, sí manda un mensaje incómodo: cuando el orden multilateral se fragmenta, las democracias industriales buscan espacios más pequeños, más afines y más rápidos para coordinarse y controlar.

Por todo esto, Evián no fue sólo una cumbre diplomática. Fue una señal de cambio de época. La era que estamos inaugurando anuncia un mundo menos ingenuo, más competitivo y más cerrado. Las naciones que lo entiendan diseñarán alianzas y capacidades nuevas. Las que no, ya desde ahora están fuera. Es el vaticinio global de tu Sala de Consejo semanal.


  • Arnulfo Valdivia Machuca
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