El proceso para elegir al próximo Secretario General de la ONU ha entrado en su fase decisiva, con un plazo inminente para registrar candidaturas y una resolución prevista hacia el tercer trimestre de 2026. La contienda ha cobrado notoriedad tras el retiro del apoyo de su propio gobierno a Michelle Bachelet, una de las principales aspirantes. En la carrera destacan cinco perfiles, tres de ellos mujeres, en un momento en el que América Latina parece tener la rotación a su favor y en el que, por primera vez, podría concretarse un liderazgo femenino al frente del organismo.
Sin embargo, más allá de nombres y trayectorias, el contexto es complejo: vetos potenciales de potencias como Estados Unidos y China, disputas ideológicas, presiones internas y una ONU debilitada financieramente por el desdén de algunos de sus miembros más influyentes. La elección ocurre además en un entorno de crisis del multilateralismo, donde la organización enfrenta cuestionamientos profundos sobre su capacidad real de incidir en los grandes conflictos globales. Por ello, más que perderse otra vez en temas de una agenda global de buenas intenciones, la ONU tiene hoy un reto mayúsculo, que es el de volver a ser relevante, volver a ser efectiva y volver a ser eficaz.
Relevante, porque desde hace años la ONU ha dejado de ser referente para los grandes procesos globales. El regionalismo y hoy el nacionalismo han sustituido al multilateralismo que la organización personifica y defiende y, lejos de renovar sus mecanismos de influencia global, la ONU está hundida en un mar de discursos y declaraciones que son cada vez menos pertinentes, por ser triviales.
Efectiva, porque la ONU había sido tradicionalmente un vehículo para que las naciones menos poderosas del mundo tuvieran canales de influencia y defensa. Hoy eso está lejos de ser posible y la ONU se ha convertido en un foro no más importante que una conferencia internacional, en el que mucho se habla y poco se logra.
Eficaz, porque aunada a su creciente irrelevancia, la ONU se ha convertido en una máquina tragadólares; una burocracia inmensa y pesada, que lejos de representar un organismo ágil, se parece más a un gobierno de los años 60, obeso y poco productivo: un mundo de empleados que hacen quién sabe qué y que poco contribuyen a los objetivos de una organización que cada vez tiene menos adeptos.
Así, más que discutir quién es la mejor persona para encabezar la ONU, a partir de sus programas cansados, la discusión debería girar en torno a quién es la mejor persona para transformar a la ONU: ese sería el mejor servicio que hoy se le podría hacer a la humanidad. Esta es la opinión global de tu Sala de Consejo semanal.