En los últimos dos años, la política mundial parecía haber adquirido una inercia ideológica indiscutible e imparable: la derecha. Nacionalismo, rechazo a las agendas progresistas y defensa de identidades culturales encontraron eco en sociedades cansadas de la inseguridad, la inflación y el desorden social pospandémico. Muchos dieron por irreversible ese desplazamiento, pero la historia nos comprueba una vez más que ella rara vez avanza en línea recta.
En menos de dos semanas, tres elecciones invitan a revisar esa certeza. En Brasil, Flávio Bolsonaro llegó favorito a la segunda vuelta y perdió frente a Lula da Silva, protagonista de una remontada histórica. En Estados Unidos, los demócratas recuperaron ambas cámaras del Congreso y asestaron un severo golpe a Donald Trump. Incluso en Bulgaria, lejana como parece, Iliana Iotova, de trayectoria socialista, venció a un rival conservador proeuropeo.
Por supuesto, estos tres no son procesos idénticos ni anuncian una nueva hegemonía de izquierda, pero sí revelan algo fundamental: ningún proyecto puede sostenerse indefinidamente sobre el miedo, la confrontación y las promesas de un orden que no se traduzca en bienestar cotidiano para la gente.
En Estados Unidos, los precios elevados desmintieron la prosperidad prometida. A ello se sumó el temor generado por las políticas migratorias y la concentración del poder económico. En Brasil, el bolsonarismo descubrió que entusiasmar a los radicales equivale a perder a los moderados. Lo que moviliza a algunos incendiarios puede alejar a muchos sensatos. Y en Bulgaria, se demostró que ni siquiera décadas de opresión rusa son suficientes para rechazar políticas sociales que mejoren la calidad de vida de la población.
Y es que en todo esto hay una contradicción enorme. Buena parte de las derechas vinieron triunfando al ofrecer seguridad, nostalgia por la pérdida de identidad nacional y eficiencia económica. Sin embargo, la mercantilización de la política, su subordinación a unos cuantos intereses empresariales y una economía que no reparte oportunidades, han dejado a millones en la precariedad. La gente quiere orden, pero también dignidad, oportunidades y vivir sin miedo.
¿El mundo cambiará de rumbo? Aún no lo sabemos. Las derechas conservan una fuerza considerable y las izquierdas distan de haber resuelto sus contradicciones. Pero al menos se quebró una percepción que parecía inamovible: la del avance inevitable del conservadurismo. El péndulo encontró resistencia.
Y al final, esto es saludable, porque independientemente de nuestras preferencias políticas, ninguna ideología debe poseer el monopolio de la verdad y ningún poder debe considerarse permanente. Y esta es la opinión filosofal de tu Sala de Consejo semanal.