Hace varios años, di algunas conferencias en una universidad de Moscú. Uno de mis colegas rusos había participado en el movimiento estudiantil disidente de la década de 1980 y hablaba mucho sobre lo terrible que era el régimen y cuánto lo odiaba la mayoría de la gente. Sentía curiosidad por saber cómo, si era tan impopular, el sistema soviético logró sobrevivir tanto tiempo. “¿Fuerza bruta?”, pregunté. “No”, respondió, “fue porque la gente fingía apoyar al gobierno por miedo, dando a los demás la impresión de que en su opinión estaban solos, así que guardaron silencio. Pero, finalmente, los disidentes ayudaron a la gente a darse cuenta de que odiar el sistema era, en realidad, la opinión mayoritaria, en ese momento, el Kremlin quedó al descubierto”.
Lo que mantuvo a la población de la URSS encadenada durante tanto tiempo fue lo que el autor y científico Todd Rose denominó una “ilusión colectiva”: precisamente este fenómeno de personas que comparten una opinión que se comparte ampliamente, pero que creen que solamente es suya, guardando silencio por temor a la persecución o el rechazo. En sus escritos y a través del trabajo de Populace, un centro de reflexión que cofundó, Rose ha demostrado que esta ilusión no solamente afecta a los que viven bajo una dictadura, sino también a los que viven en cualquier sociedad que exija cierto grado de conformidad cultural. Incluso hoy en día tenemos nuestra propia versión en algunas partes de Estados Unidos. Si bien nadie confundiría a Estados Unidos de la época moderna con la antigua Unión Soviética, la dinámica de la ilusión colectiva está perjudicando tanto nuestra democracia como nuestro bienestar individual. A continuación, te explicamos cómo saber si estás cayendo presa de una ilusión colectiva y cómo liberarte de ella sin miedo.
Una forma de encontrar evidencia de ilusiones colectivas es preguntar a las personas sobre la presión social que pueden enfrentar para guardar silencio sobre su verdadero punto de vista. Como señalan los investigadores de Populace en una encuesta publicada recientemente, esta presión es dominante en EU, donde el 58 por ciento de las personas encuestadas (más de 19 mil ) dijo creer que “la mayoría de la gente no puede expresar sus opiniones sinceras sobre temas delicados de la sociedad actual”, y el 61 por ciento admitió autocensurarse.
Debido a esta presión, las personas suelen expresar opiniones que consideran más aceptables en sus círculos sociales que las que realmente piensan. Tomemos, por ejemplo, las conclusiones del informe de Populace sobre el controvertido tema de las “cuotas de género y diversidad” en puestos ejecutivos dentro de las empresas. El grupo demográfico estadunidense con mayor probabilidad de estar de acuerdo públicamente con esta medida progresista -con un 48 por ciento de aprobación- es la Generación Z, jóvenes que alcanzaron la mayoría de edad en la última década, cuando estas ideas se popularizaron. Pero, ¿estos jóvenes están realmente de acuerdo con este tipo de políticas de DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión)? Cuando se les preguntó en la encuesta de Populace qué pensaban en privado, solamente el 15 por ciento respondió afirmativamente, el mismo porcentaje que los Baby Boomers. En otras palabras, casi el 69 por ciento de la Generación Z que afirma estar de acuerdo públicamente con ese tipo de cuotas oculta sus verdaderos sentimientos.
O consideremos la cuestión de si vivimos en una sociedad mayoritariamente justa. Este tema se ha convertido en un asunto político recurrente últimamente; los estadunidenses de más edad, de tendencia más conservadora, argumentan que sí, mientras que los jóvenes, de tendencia más progresista, afirman que no. Populace constató que el 62 por ciento de las personas de la Generación Silenciosa (los que nacieron antes de 1946) están de acuerdo públicamente con esta afirmación (frente a solamente el 32 por ciento de la Generación Z), al igual que el 50 por ciento de los republicanos (frente al 32 por ciento de los demócratas). Sin embargo, en privado, los índices de acuerdo entre los encuestados son de tan solo el 6 por ciento de los estadunidenses de más edad y el 11 por ciento de los republicanos. En otras palabras, los estadunidenses de todas las edades ahora dudan mucho más de lo que están dispuestos a admitir públicamente sobre si viven en una sociedad justa.
Todo el mundo acepta cierto grado de adaptación para que la vida comunitaria funcione sin problemas, pero el fenómeno que se analiza aquí va mucho más allá. Rose y sus colegas ven en estos hallazgos una amenaza para nuestra sociedad, ya que el autocensura y las ilusiones colectivas indican una tiranía de la minoría que reprime la percepción de la verdad y la libre expresión de los ciudadanos. Sin embargo, el problema va más allá. Las ilusiones colectivas también exacerban las tendencias negativas en el bienestar que he documentado anteriormente. Decir una cosa cuando se cree otra es perjudicial para la felicidad. Como los investigadores demuestran desde hace tiempo, esta disonancia puede provocar malestar psicológico cuando no se puede resolver. Entonces, no es de extrañar que dicha disonancia sea un efecto secundario común de la ansiedad social y que también esté relacionada con síntomas de depresión. Crea una sensación de deshonestidad e inautenticidad: una brecha entre la ilusión colectiva y la desilusión individual, por así decirlo. Esto es lo que el concepto de “doble pensamiento” de George Orwell identificó en su novela 1984, donde las personas son deshumanizadas al verse obligadas a aceptar dos ideas contradictorias: en este caso, una idea y otra afirmación.
¿Por qué la gente no simplemente dice lo que piensa y resuelve la disonancia? No es tan fácil. Discrepar de lo que uno cree o teme que sea la opinión mayoritaria, especialmente en una comunidad como un grupo político, implica el riesgo de exclusión social, lo cual es aterrador y doloroso. Experimentos que demuestran este fenómeno han consistido en someter a personas a resonancias magnéticas funcionales (fMRI) mientras juegan un juego multijugador del que son repentinamente excluidos. Esta experiencia de exilio estimuló la corteza cingulada anterior de los sujetos, parte del sistema límbico que procesa el dolor emocional. Cuando las personas aceptan una opinión con la que no están de acuerdo pero que creen que es popular, se encuentran en un círculo vicioso: buscan el dolor a través de la disonancia cognitiva al intentar evitar el dolor del rechazo social.
La solución para este círculo vicioso de la ilusión colectiva es vencer el miedo al rechazo al expresar tu verdadera opinión. La mejor guía que he encontrado sobre este tema proviene del filósofo Ralph Waldo Emerson, cofundador de esta revista y que ayudó a formular su lema: “Sin partido ni camarilla”. Su ensayo de 1841, “Autosuficiencia”, sobre el que ya he escrito anteriormente, es un manual para liberarse de las ilusiones colectivas. Aquí les presento mi resumen en tres partes.
1. Deja de mentir.
La autocensura crea un patrón de deshonestidad personal. Una cosa es abstenerse de decir algo que uno piensa por cortesía; otra muy distinta es decir algo que uno no piensa por interés propio o por miedo. Esto, según Emerson, es una autotraición. “Revisa esa hospitalidad engañosa y ese afecto falso”, aconseja. “No vivas más según las expectativas de estas personas engañadas y manipuladoras con las que conversamos”. Para Emerson, mentir voluntariamente solamente para encajar es como elegir vivir en una prisión: la verdadera felicidad requiere libertad en forma de honestidad, pase lo que pase. A los que no les guste escuchar tu opinión contraria, Emerson les ofrece este consejo: “Si puedes quererme por lo que soy, seremos más felices. Si no puedes, seguiré buscando merecer que lo hagas”.
2. Replantea tu independencia.
Contradecir a la mayoría es, por supuesto, difícil y aterrador. La respuesta de Emerson a este miedo es verlo de una manera nueva: “El gran hombre es aquel que, en medio de la multitud, conserva con perfecta serenidad la independencia de la soledad”. Tu tendencia evolutiva es ver el acto de separarse del grupo como rechazo y aislamiento, ambos dolorosos y aterradores. Evocan la imagen de alguien expulsado de la tribu, vagando solo e indefenso. Tonterías, dice Emerson. Reinterpreta el rechazo como seguir tu propio camino y el aislamiento como una soledad benigna, lejos del ensordecedor coro de aprobación de lo popular pero erróneo. Haz de la independencia ideológica tu sello personal y mantén la cabeza muy en alto.
3. Simplemente aléjate.
Este consejo podría sonar como si Emerson te animará a irte dando pisotones y levantando enseñando el dedo medio. Si eres una persona normal, eso suena a una forma terrible de comportarse; y, afortunadamente, tal desafío no es necesario. Para lograr la independencia en tus ideas, solamente necesitas separar tu atención y energía de la fuente de opiniones aceptables pero, en tu opinión, erróneas. “Si eres noble, te amaré”, escribe, “pero si no lo eres, no te haré daño ni a mí mismo con atenciones hipócritas”. Si, por ejemplo, tus amigos, en tu opinión privada, dicen tonterías, no tienes que refutarlos ni condenarlos. Simplemente deja de escucharlos y busca nuevos amigos.
Para fortalecer la democracia y mejorar tu felicidad, te invito a reflexionar sobre la siguiente pregunta: ¿Cuáles de tus opiniones privadas difieren de lo que les dices a los demás? No debería ser difícil encontrarlas. Después de todo, como afirma sin rodeos el informe Populace, “todos los grupos demográficos tergiversan sus verdaderas opiniones sobre varios temas delicados”.
Y el siguiente paso, haz una lista de tus opiniones impopulares y un plan, al estilo de Emerson, para declarar discretamente tu independencia de lo que consideras la opinión mayoritaria errónea o socialmente aceptada. En algunos casos, descubrirás que este aparente consenso no era generalizado, sino una ilusión colectiva, y tal vez seas tú quien lo rompa. En otros casos, te darás cuenta de que realmente eres minoría y caminarás solo. Que así sea.