Para ser más feliz, hazte más pequeño

  • Cómo construir una vida
  • Arthur C. Brooks

Ciudad de México /

Al principio de mi carrera académica, noté que una de las clases más populares en el campus era Introducción a la Astronomía, un curso de ciencias generales que cualquiera podía tomar. A todos los estudiantes les encantaba, especialmente a los que no estudiaban una carrera en ciencias. Le pregunté a una de ellas, una estudiante de economía, por qué disfrutaba tanto de la astronomía. No mencionó nada sobre las estrellas, pero sí dijo algo potente sobre la existencia terrenal. “Cuando voy a clase los jueves por la mañana, normalmente estoy estresada por mi vida”, me dijo. “Pero 90 minutos después, siento alivio porque solamente soy un puntito sobre un puntito”.

Estaba expresando una profunda verdad filosófica. Solemos creer que para ser más felices, necesitamos hacernos más grandes en nuestra propia mente y en la mente de los demás. Pero eso es un error. Lo que realmente necesitamos para lograr tanto la perspectiva de vida que necesitamos como la paz que anhelamos es hacernos más pequeños en relación con todo y con todos los demás. Cuando experimentamos nuestra propia pequeñez, dejamos de bloquear nuestra capacidad de ver la vida en su justa medida. Podemos relajarnos en la humilde realidad de no ser objeto de atención ni crítica, y podemos apreciar un universo magnífico sin arruinarlo con nuestro egocentrismo y preocupaciones insignificantes.

A menos que sufras un trastorno narcisista de la personalidad, sabes que, siendo completamente honesto contigo mismo, no eres el centro de la mayoría de las cosas en la vida. Prácticamente todo el tiempo, los demás piensan en sí mismos, no en ti, y el mundo seguiría funcionando con muy poca disrupción si no estuvieras presente. Es muy posible que ni siquiera tus propios bisnietos sepan tu nombre. Y, sin embargo, cuando no haces un esfuerzo consciente por reconocer estas verdades, te dedicas a tus asuntos con la ilusión de ser, de hecho, el foco de un intenso interés externo.

Crees que a la gente le importa lo que piensas y haces; después de todo, te juzgan constantemente, tanto positiva como negativamente. O eso crees. Esta fantasía de autoengrandecimiento es casi con toda seguridad producto de la evolución: al pensar que eran más importantes como individuos de lo que realmente eran, tus antepasados se esforzaron por ascender en las jerarquías sociales. Este esfuerzo de compararse constantemente con los demás aumentó la probabilidad de que transmitieran sus genes en un entorno de apareamiento competitivo. Heredaste sus delirios de grandeza.

Pero esto tiene un precio: pensar en ti mismo todo el tiempo te hace sentir miserable a largo plazo. Los investigadores llegan a demostrar que este enfoque en uno mismo puede provocar problemas emocionales, haciendo que las situaciones sociales o el desempeño de las tareas resulten aterradores y desagradables. El enfoque en uno mismo es especialmente perjudicial para las personas que, por naturaleza, presentan alta ansiedad social: los neurocientíficos llegan a observar una hiperactivación de las estructuras cerebrales asociadas con la ansiedad cuando se les indica a estas personas que piensen en sí mismas. Una desventaja adicional es que el enfoque en uno mismo hace que realizar tareas especializadas sea menos placentero. En un estudio sobre jugadores de basquetbol publicado en 2002, psicólogos deportivos dieron la instrucción a un grupo de jugadores a enfocarse en su propio rendimiento durante el calentamiento. Estos jugadores experimentaron mayor ansiedad que otros que no recibieron esta instrucción.

¿Y la recompensa? Incluso el éxito en ascender en la jerarquía es costoso. Investigadores de primates que estudian babuinos salvajes llegan a demostrar que los machos de mayor rango tienen mayores niveles de testosterona que los de menor rango, pero también presentan niveles elevados de glucocorticoides, lo que indica niveles de estrés altos y constantes. En los humanos, los niveles de la hormona del estrés solamente disminuyen entre los que tienen un estatus alto cuando su posición es estable. Personalmente, no conozco a nadie que haya llegado a la cima que se sienta mínimamente seguro de su posición.

Todo esto puede parecerte extraño. La Madre Naturaleza te dice que hagas algo que te haga sentir miserable. Y a medida que más miserable te sientes, más lo haces. Pero a la Madre Naturaleza simplemente no le importa si eres feliz. Solamente quiere que asciendas en la jerarquía y transmitas tus genes. La felicidad es tu problema, no el suyo.

Como ya mostré en el pasado, ser más feliz a menudo requiere resistir tus tendencias naturales, no ceder ante ellas. El mundo te invita constantemente a intentar parecer más grande ante los demás y ante ti mismo; este hecho sustenta todo el modelo de negocio de las redes sociales. La clave para encontrar la felicidad es reducir tu tamaño. A continuación presentamos tres maneras de lograrlo.

1. Sentir asombro.

Anteriormente ya cité el trabajo del psicólogo de la Universidad de California en Berkeley, Dacher Keltner, sobre la importancia para la felicidad del asombro, que él define como la “sensación de estar en presencia de algo vasto que trasciende tu comprensión del mundo”. La razón por la que el asombro aumenta la felicidad es que te hace más pequeño, exactamente el sentimiento que expresaba la estudiante de economía sobre su clase de astronomía. Pero hay maneras de experimentar asombro además de mirar el cielo nocturno a través de un telescopio. Keltner recomienda pasar tiempo en la naturaleza, disfrutar de buena música y arte, y presenciar actos de belleza moral. Encuentra lo que te deja sin palabras y embelesado, y lo comprenderás.

2. Buscar lo divino.

Un tema común en la mayoría de las principales religiones implica la pérdida del yo a través de la comunión con lo divino. En el sufismo, esto se llama fanā’, o “la aniquilación del ego”. El místico sufí del siglo XIII, Rumi, escribió sobre fanā’ con metáforas exquisitas: En este poema, se comparó a sí mismo con una “cuenta clara”:

No hay límites para mi amor ahora.

La cuenta clara en el centro lo cambia todo.

La neurociencia moderna revela cómo funciona esto. Junto con sus colegas, Lisa Miller, de la Universidad de Columbia, demostraron que recordar experiencias espirituales reduce la actividad del tálamo medial y el caudado, regiones cerebrales que controlan el procesamiento sensorial y emocional. Esto nos permite trascender nuestras preocupaciones cotidianas y enfocarnos en preguntas más profundas que la cantidad de personas que le dieron “me gusta” a tu última publicación en redes sociales.

3. Sirve a los demás discretamente.

Prácticamente todos los experimentos sobre comportamiento caritativo demuestran que dar aumenta el bienestar, especialmente cuando se hace de forma anónima, sin que tus actos virtuosos se encuentren en el foco de la atención. Un estudio de 2020 lo demostró de forma novedosa al estudiar a donadores anónimos de riñón. Los 114 donantes fueron, en promedio, significativamente más felices que la población general tras su donación a un desconocido. No es necesario donar un órgano para beneficiarse de este efecto; simplemente da más de ti mismo, sin esperar reconocimiento ni recompensa. De esta manera, te estás trascendiendo verdaderamente.

Esta evidencia del poder de la abnegación para aumentar la felicidad podría parecer un repudio a lo que hemos escuchado durante décadas sobre la importancia de la autoestima. Por un lado, esto es cierto en la medida en que una alta autoestima genera sentimientos agradables a corto plazo. Pero usar esta palanca psicológica no es especialmente útil para una vida buena y satisfactoria a largo plazo, y de hecho puede conducir al narcisismo, al hacer que regresemos a la ilusión de nuestra propia importancia y a la necesidad constante de mantener la ilusión de que somos el centro de todo. El enfoque opuesto -encontrar paz y perspectiva en la pequeñez- es el camino duradero hacia el bienestar.

Así que relájate en la realidad de tu pequeñez cósmica. La clara verdad es que eres un puntito dentro de un puntito. Pero eres un puntito encantador, y querido por otros puntitos. Esa es una buena vida.

Braulio Montes


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