Cómo Spinoza superó la cultura de la cancelación del siglo XVII

  • Cómo construir una vida
  • Arthur C. Brooks

Ciudad de México /
BRAULIO MONTES

Imagina que te hubieras dedicado a ayudar a otros a ver la vida desde una perspectiva un poco diferente para que fueran más felices y tuvieran una mejor situación. Pusiste todo tu corazón en esta labor e hiciste grandes sacrificios. Pero no recibes ningún reconocimiento; al contrario, todos dicen que tus ideas son una basura y que eres una mala persona por proponerlas. Sin duda, estarías amargado y desanimado.

Esa era precisamente la situación en la que se encontraba el filósofo judío portugués del siglo XVII, Baruch Spinoza: trabajando para hacer del mundo un lugar más feliz y armonioso, argumentando que Dios está en todas partes y que los seres humanos somos uno con él. Pero Spinoza fue, en palabras de su biógrafo Bertrand Russell, “considerado, durante su vida y durante un siglo después de su muerte, un hombre de una atroz maldad”. Por su obra, fue rechazado por su propia comunidad judía en Ámsterdam por cuestionar la veracidad literal de la Biblia; despreciado por los líderes cristianos por negar la naturaleza personal e intervencionista de la Divinidad; y condenado por las autoridades cívico-religiosas como una amenaza para la estabilidad social. En términos actuales, Spinoza fue cancelado.

Esta cancelación no lo perjudicó económicamente, ya que se ganaba bien la vida no como filósofo, sino fabricando lentes, microscopios y telescopios. Sin embargo, el repudio a la obra de toda su vida debió de dolerle.

A pesar de todo este rechazo, Spinoza utilizó su visión filosófica para aprender a manejar sus emociones y evitar el abatimiento. Siglos antes de la neurociencia moderna, desarrolló una comprensión intuitiva de la relación en el cerebro entre emoción y razón y aprendió a mantener la ecuanimidad a pesar de la censura y el desprecio. Cualquiera que hoy se enfrente a la ira de los que buscan la cancelación por intentar decir la verdad puede beneficiarse enormemente de su enfoque.

La mayoría de las personas en la situación de Spinoza probablemente experimentarían ira y temor, y esa reacción estaría justificada si su sustento o posición social se vieran afectados por la persecución. Una cosa que cambió, posiblemente para peor, desde la época de Spinoza, es que la turba de la cancelación puede ser completamente virtual hoy en día. Esto no disminuye en absoluto el efecto de la denuncia: uno puede sentir que el mundo entero está en su contra incluso si no conoce personalmente a ninguno de sus torturadores. Spinoza diría que esta sensación de opresión es una forma de esclavitud emocional. “Cuando un hombre es presa de sus emociones”, escribió en Ética, “no es dueño de sí mismo, sino que yace a merced del destino”.

Lo que Spinoza consideraba destino, hoy podríamos llamarlo sistema límbico. Este sistema primitivo de tejido cerebral que controla en gran medida las emociones incluye la amígdala, que se activa cuando se percibe una amenaza. Según muchos neurocientíficos, el miedo es la emoción dominante porque anula todo lo demás y hace que te concentres en el peligro inmediato (un fenómeno conocido como “secuestro de la amígdala”). Esto puede salvarte la vida si un tigre te persigue, pero la mayoría de las veces este mecanismo disminuye tu calidad de vida al llevarte a decir y hacer cosas de las que luego te arrepientes. Un secuestro de la amígdala puede hacer que te sientas completamente aterrorizado por algo relativamente insignificante, como, por ejemplo, que un grupo de trolls te ataque en línea.

Spinoza tenía una solución para esa esclavitud emocional: alcanzar una mayor consciencia. Como explicó en Ética, para que una persona esté “apenas perturbada en su espíritu”, debe ser “consciente de sí misma, de Dios y de las cosas”. La clave no reside en erradicar la turbulencia avivada por la desaprobación de otros que desencadena miedos primordiales en el sistema límbico, sino en comprender racionalmente qué es exactamente esa agitación interior. El conocimiento, argumentaba Spinoza, otorga poder sobre las emociones.

La ciencia lo confirma. La observación racional de las emociones negativas se denomina “metacognición”: una consciencia que utiliza la función ejecutiva del cerebro para llegar a un juicio imparcial de pensamientos y sentimientos. La metacognición traslada la experiencia de las emociones del sistema límbico a la corteza prefrontal, donde se pueden comprender y decidir si son adecuadas y productivas.

Aunque la metacognición requiere práctica y disciplina, cuando se domina, permite darse a uno mismo el tipo de consejo que daría un observador racional de la situación, en lugar de las órdenes histéricas de una persona presa del pánico. Así, en vez de intentar condenar a los trolls, uno podría simplemente decirse: “Borra la aplicación y sigue con tu vida”.

Tal vez llegues a objetar que ese tipo de racionalidad superior nos convertirá en el señor Spock de Star Trek, incapaces de la gama emocional que aporta misterio y espontaneidad a la vida. Ese no es en absoluto el objetivo de Spinoza. No busca erradicar las emociones, sino regularlas para que sean lo más productivas y útiles posible en cualquier situación. Esto podría significar, por ejemplo, ser capaz de responder con valentía y dignidad cuando se está bajo ataque, calibrando la ira adecuadamente, en lugar de actuar por pánico.

Spinoza argumenta que esta racionalidad no solamente resuelve los problemas terrenales, sino también los celestiales. Aunque considerado hereje tanto por judíos como por cristianos, nunca perdió la fe y mantuvo su creencia en un Dios bueno al que aspiraba a conocer más profundamente y al que amaba más racionalmente que emocionalmente. Un “amor intelectual a Dios” no consistía en “imaginarlo como presente”, argumentaba Spinoza, sino en “comprenderlo como eterno”.

No es necesario adoptar la teología de Spinoza para beneficiarse de su filosofía de las emociones. En tiempos de conflicto y malicia, Spinoza ofrece la mejor defensa para liberarnos del temor a la condena injusta. A continuación presentamos tres maneras de aprovechar su sabiduría.

1. Tómate un respiro.

Cuando eras niño, probablemente tu madre te decía que si estabas enojado, debías contar hasta 10 antes de hablar. Spinoza lo aprobaría por completo: hacer una pausa cuando estás emocionalmente alterado le da tiempo a tus centros ejecutivos racionales para sincronizarse con tu nervioso sistema límbico y convertirte en su “dueño”, como diría Spinoza. El hábito de contar hasta 10 (algunos estudiosos recomiendan 30) –o guardar ese correo electrónico como borrador o esperar hasta mañana para publicar una respuesta en redes sociales– es excelente.

2. Comprende tus emociones.

Cuando te dejas llevar por las emociones, Spinoza generalmente aconsejaría comprender antes de actuar, la metacognición que mencioné anteriormente y sobre la que ya he escrito. Puedes elegir entre muchas prácticas para ayudarte con esto; una que me gusta es la meditación de introspección (conocida por los budistas como Maha-satipatthana), que te permite observar tus sentimientos con perspectiva. Si eres religioso, las oraciones de petición funcionan de la misma manera. Como alternativa, puedes simplemente intentar escribir un diario sobre tus sentimientos antes de reaccionar emocionalmente.

3. Sé tu propio terapeuta.

Ya conoces la diferencia entre emoción y razón, y dominas la técnica spinoziana para transitar de una a otra. Armado con estas herramientas, intenta aplicar el tipo de consejo que le darías a un amigo cercano: una forma de manejar los sentimientos que te obstaculizan y aceptar las emociones que te benefician. Si alguien insultara a este hipotético amigo, en público o en línea, probablemente le aconsejarías que no se alterara y que no se metiera en una gran pelea, sino que mantuviera una actitud respetuosa pero firme. Expresa tu opinión en el medio adecuado, de forma racional y mesurada, podrías aconsejarle, y luego sigue adelante. Aplica ese valioso consejo a tu propia vida.

El protocolo de manejo emocional de Spinoza suena bastante simple en teoría, pero ¿cómo le funcionó en la práctica? Es cierto que nunca se ganó el afecto del público en vida (ni su reputación mejoró en el siglo siguiente). Pero, a pesar de ser vilipendiado por todos los árbitros influyentes de su época, ¿acaso sucumbió a la desesperación y arremetió contra aquellos moralistas ignorantes? Para nada. “A diferencia de otros filósofos, no solamente creía en sus propias doctrinas, sino que las practicaba”, escribe Russell, su biógrafo y también un célebre filósofo. “No recuerdo ninguna ocasión, a pesar de la gran provocación, en la que se dejara llevar por la ira o el arrebato que su ética condenaba”.

Y vivió de acuerdo con su ética hasta el final. “El último día de su vida estuvo completamente sereno”, escribe Russell. Spinoza canceló a los que lo cancelaban donde realmente importaba: en su propia mente.


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