Vas a morir. Eso es algo bueno

  • Cómo construir una vida
  • Arthur C. Brooks

Ciudad de México /
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BRAULIO MONTES

​M+.- ¿Alguien describió el miedo a morir de manera más vívida que el novelista ruso del siglo XIX León Tolstói en La muerte de Iván Ilich? En esa novela corta, publicada en 1886, el protagonista lleva la vida convencional y próspera de un burgués ruso. Sin prestar demasiada atención a los significados más profundos de la existencia, llena sus días con las preocupaciones propias de la posición social de su familia, el éxito profesional y sus diversiones personales.

Pero entonces Iván Ilich desarrolla una misteriosa enfermedad que poco a poco empeora y lo obliga a permanecer en cama. Cuando se hace evidente que está muriendo, se ve sumido en una profunda crisis existencial. “Luchaba como un condenado a muerte lucha en manos del verdugo, sabiendo que no hay escapatoria”, escribe Tolstói. “Y sentía que, a pesar de sus esfuerzos por resistirse, cada minuto se acercaba más y más a aquello que tanto lo aterraba”. El relato describe con una precisión asombrosa el horror y la tristeza de la situación de Iván.

La muerte es inevitable, por supuesto; el aspecto más ordinario de la vida es que termina. Y, sin embargo, la perspectiva de ese final nos resulta tan ajena y aterradora. El antropólogo estadunidense Ernest Becker exploró esta extrañeza en su libro de 1973, La negación de la muerte (The Denial of Death), que posteriormente condujo al desarrollo de la llamada “teoría de la gestión del terror” por parte de otros investigadores. Esta teoría sostiene que llenamos nuestras vidas de pasatiempos y distracciones precisamente para evitar enfrentarnos a la muerte. Como muestra la novela de Tolstói, este fenómeno es una de las facetas más paradójicas del comportamiento humano: hacemos hasta lo imposible por no prestar atención a una certeza que literalmente afecta a todas y cada una de las personas, y consideramos esta certeza cotidiana una tragedia extraordinaria.

Si pudiéramos resolver esta disonancia y aceptar la realidad, ¿no sería mejor la vida? La respuesta es, sin duda, sí. Lo sabemos gracias al ejemplo de personas que han aceptado la muerte y, al hacerlo, han aprendido a vivir plenamente. Con conocimiento, práctica y valor, tú también puedes hacerlo.

Una creencia muy extendida sostiene que, cuando alguien descubre que va a morir, afronta psicológicamente el duelo en una serie de etapas claras y ordenadas: negación y aislamiento, ira, negociación, depresión y aceptación. Esta secuencia proviene del célebre trabajo de la psiquiatra suizo-estadunidense Elisabeth Kübler-Ross, quien desarrolló este modelo para su exitoso libro de 1969, Sobre la muerte y el morir (On Death and Dying). El estudio tuvo tal impacto que, a mediados de la década de 1990, la Biblioteca Pública de Nueva York lo incluyó entre sus “Libros del siglo”.

Por influyente que haya sido, la fórmula de Kübler-Ross para afrontar la muerte no hizo que a las personas les resultara más fácil aceptarla. Uno de los problemas fue que divulgadores e intérpretes de su trabajo aplicaron su modelo de manera excesivamente mecánica y prescriptiva, sugiriendo que era necesario atravesar las etapas en un orden fijo. Otro problema es que, tal como ella lo planteó, la experiencia consiste prácticamente en una progresión ininterrumpida de negatividad: todo es duelo, e incluso la aceptación final parece esencialmente una especie de sombría resignación. Ante esto, bien podríamos concluir que distraernos es, en efecto, la mejor estrategia: ¿para qué enfrentarnos a la muerte hasta que sea absolutamente necesario?

Las investigaciones más recientes no respaldan la interpretación de que el modelo de Kübler-Ross siga un “orden fijo”. Para empezar, los investigadores han demostrado que no todas las personas atraviesan todas sus etapas y que con frecuencia retroceden, avanzan y saltan de una a otra, algo que la propia Kübler-Ross reconoció más adelante en su carrera. En un artículo publicado en 2007 en la revista JAMA, los investigadores encontraron que la negación o incredulidad aparecía solo en pocas ocasiones y que la aceptación era el estado en el que las personas moribundas pasaban la mayor parte del tiempo.

Estos hallazgos también se aplican a los que experimentan duelo después de perder a un ser querido, según investigadores que publicaron sus resultados en The British Journal of Psychiatry en 2008, después de realizar un estudio de 23 meses con “personas en duelo”. Al principio, después de una pérdida, las personas experimentaban niveles más elevados de anhelo, depresión e ira, pero después de cuatro meses, en promedio, estos sentimientos disminuían de manera constante. Sin embargo, desde el principio los participantes también mostraban un nivel de aceptación superior al de cualquiera de esas emociones negativas, y este aumentaba continuamente. Al concluir el estudio, la aceptación serena superaba por mucho a todos los demás sentimientos.

Otras investigaciones confirman que muchas personas que enfrentan la muerte tienen una actitud mucho más positiva ante esa perspectiva de lo que casi cualquiera esperaría. En un estudio de 2017 titulado “Dying Is Unexpectedly Positive”, mi colega de Harvard Michael I. Norton y sus coautores demostraron que las personas con una enfermedad terminal o condenadas a muerte describían su situación con términos más positivos y utilizaban menos palabras negativas que personas que no se encontraban en esas circunstancias, pero a quienes se les pidió escribir sobre eso como si las estuvieran viviendo.

Varios factores explican por qué una aceptación positiva de la muerte inminente puede ser tan común. Un estudio español de 2013 encontró que los pacientes con enfermedades terminales suelen reevaluar su vida y sus experiencias desde una perspectiva positiva, al mismo tiempo que abrazan la aceptación. Muchos de estos pacientes experimentan nuevas formas de crecimiento personal durante sus últimos meses, al otorgar mayor valor a las cosas sencillas y concentrarse en el presente.

Curiosamente, los posibles beneficios de enfrentarse directamente a la muerte también pueden observarse en un grupo muy distinto de personas: los que han tenido experiencias cercanas a la muerte. Por lo general, estos sobrevivientes no tuvieron la oportunidad de llegar a una aceptación serena de la muerte, sobre todo porque, a diferencia de los pacientes con cáncer terminal, no tuvieron tiempo para hacerlo en medio de una emergencia repentina que amenazaba su vida. Sin embargo, lo que tenían en común era haberse enfrentado de lleno a su propia mortalidad y descubrir que, paradójicamente, esa experiencia podía ser positiva. Un estudio de 1998 mostró que, después de una experiencia cercana a la muerte, las personas se volvían menos materialistas y más preocupadas por los demás, sentían menos ansiedad ante su propia muerte, cualquiera que fuera el momento en el que llegara, y disfrutaban de una mayor autoestima.

Hay, entonces, una ironía en torno a la muerte: sigue siendo más aterradora cuando está más lejos. Cuando no estamos obligados a enfrentarnos a ella en un futuro inmediato, la mortalidad se convierte en un fantasma amenazante en el que procuramos no pensar. Pero evitarla no trae ningún beneficio; solamente tiene costos. Cuando la posibilidad de morir se vuelve concreta e inminente, la mayoría de las personas es capaz de convertir ese hecho en algo que enriquece la vida mediante la aceptación. El verdadero problema de la muerte es que altera nuestra manera de estar vivos hasta que la tenemos justo frente a nosotros.

Entonces, ¿Qué pasaría si pudiéramos obtener los beneficios de enfrentarnos a la muerte sin que esta fuera realmente inminente? O, dicho de otra manera: ¿Cómo podemos utilizar una aceptación positiva de la muerte para ayudarnos a vivir más plenamente mientras todavía nos queda la mayor parte de nuestra vida?

En teoría, todos deberíamos poder hacerlo, porque todos nos encontramos en un estado terminal. Todos vamos a morir; simplemente no sabemos cuándo. Probablemente sea precisamente la falta de este conocimiento exacto lo que nos dificulta concentrarnos en la realidad de nuestra inexistencia definitiva, y tenemos una buena idea de por qué: los neurocientíficos han demostrado que la preocupación abstracta por algo tiende a atenuar las partes del cerebro responsables de evocar imágenes vívidas. Cuando tu muerte parece encontrarse en algún futuro lejano, no puedes asimilar fácilmente la realidad concreta y detallada de ese hecho, así que no lo haces.

Por lo tanto, el secreto para beneficiarte de tu propia muerte desde ahora consiste en hacerla vívida y concreta. Eso es exactamente lo que hacen los monjes budistas cuando practican la meditación maranasati (“atención plena de la muerte”). En esta práctica, los monjes imaginan su propio cuerpo en distintos estados de deterioro y descomposición mientras repiten el mantra: “Este cuerpo también tiene esta naturaleza, este es su futuro, este es su destino inevitable”.

Los filósofos estoicos tenían un ejercicio similar de memento mori. Séneca exhortaba: “La persona que dedica cada segundo de su tiempo a sus propias necesidades y organiza cada día como si fuera una vida completa ni anhela ni teme el día siguiente”. Los católicos escuchan una exhortación espiritual comparable cuando reciben una marca de ceniza en la frente el Miércoles de Ceniza: “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”.

Independientemente de la tradición religiosa o filosófica a la que pertenezcas, vale la pena incorporar a tu propia rutina una práctica como alguna de estas. Puedes escribir, por ejemplo, tu propio maranasati o memento mori. O, como una manera más sencilla de empezar, en tu cumpleaños o en alguna celebración anual, calcula aproximadamente cuántas ocasiones como esa podrían quedarte y pregúntate si realmente estás empleando tu escaso tiempo de la manera que deseas.

Tener presente la mortalidad de una forma más vívida y concreta te ayudará a encontrar una mayor medida de esa aceptación positiva y a utilizarla para vivir más plenamente en el presente. También te ayudará a tomar decisiones que afectan a otras personas además de ti: en tu próxima reunión familiar, considera cuántos encuentros más como ese querrías compartir con tus padres u otros familiares mayores. Piensa en un número concreto. Después, piensa qué tendrías que hacer para aumentar ese número: ¿esforzarte más por viajar?, ¿mudarte para vivir más cerca?, ¿organizar tú mismo la reunión?

El genio de Tolstói no estuvo únicamente en su capacidad para retratar el terror de la muerte de Iván Ilich; también fue capaz de hacer tangible la dicha de su aceptación definitiva de la muerte. A medida que transcurren las semanas de su deterioro, Iván comienza a considerar triviales y agotadores los esfuerzos de su esposa por mantener las apariencias y cumplir con las convenciones sociales, y deja de lamentar haberse perdido todo aquello. Finalmente, “buscó el miedo a la muerte al que estaba acostumbrado y no pudo encontrarlo”, escribe Tolstói. La muerte de Iván no es una tragedia en absoluto, sino la cosa más natural del mundo.

Pero incluso entonces Tolstói aún no termina; cierra la historia con un verdadero golpe maestro. En el instante mismo de su muerte, Iván tiene una revelación que tal vez sea la más trascendental de todas. Mientras se desvanece, escucha que alguien dice: “Se acabó”. En ese último destello de conciencia, Iván se pregunta qué es exactamente lo que ha terminado. No su vida, decide, porque de pronto comprende: “La muerte ha terminado…Ya no existe”. Y entonces, en paz, se va.


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