En la mitología griega existe una criatura mitad hombre y mitad toro: el minotauro. El rey Minos, como castigo, lo encerró en soledad en un laberinto tan intrincado que nadie podía salir de allí. Cada nueve años le enviaban jóvenes para que el minotauro los devorara. En 1949 Jorge Luis Borges tomó esa historia y la reescribió desde la propia voz del minotauro y lo llamó Asterión. El minotauro no sabe que está preso y describe su casa como inmensa, laberíntica. Su casa tiene las puertas abiertas y él puede salir cuando quiera. Una vez salió a la calle y la gente huyó de él y se dio cuenta del miedo que causaba, volvió a su casa y nunca más salió de allí.
Aun así el minotauro se imagina que otro Asterión viene a visitarlo y le dice que cada nueve años llega a su casa alguien, un redentor, para que lo libere de todo mal.
Esa es la historia que él se cuenta a sí mismo y así transcurre el tiempo, en espera.
En La casa de Asterión, Jorge Luis Borges nos introduce en la mente de un ser que habita un laberinto infinito, convencido de su grandeza, de su libertad y de su singularidad. Asterión no se sabe prisionero: se cree rey. Su mundo, aunque cerrado, le parece vasto; su soledad, aunque evidente, la interpreta como una forma superior de existencia. Ese espejismo, narrativa que él mismo se construye para no enfrentarse a su realidad, es el corazón de la analogía de la sociedad mexicana contemporánea.
En México existe un sector que, como Asterión, habita un laberinto simbólico tejido por discursos políticos, promesas reiteradas y una narrativa oficial que insiste en avances que no siempre se reflejan en la vida cotidiana. La pobreza, persistente y en muchos casos es hereditaria, se diluye en cifras optimistas o se justifica en enemigos abstractos. Así, quienes viven dentro de este “laberinto” no perciben sus muros: los nombran progreso, transformación o justicia social.
La obra de Borges no solo retrata la soledad de un ser mítico; expone la fragilidad de la percepción humana. Al final del cuento aparece Teseo para matar al monstruo, pero el minotauro apenas se defendió porque hasta el final creyó en la historia que se había contado a sí mismo, la llegada de un redentor. Esto es un reflejo de las historias que nos construimos diariamente para no ver nuestra propia realidad.