Las próximas elecciones de medio término en Estados Unidos, previstas para noviembre próximo, no serán únicamente una disputa por los asientos del Congreso. Serán, en cierto modo, un espejo colocado frente a una nación que durante décadas se acostumbró a contemplar su grandeza sin detenerse demasiado en sus grietas. En ese espejo aparecerán las esperanzas de millones de ciudadanos, los temores de una sociedad polarizada y las contradicciones de una potencia que, mientras pretende ordenar el mundo, lucha por reconciliarse consigo misma.
En su obra Auge y caída de las grandes potencias, el historiador británico Paul Kennedy nos recuerda que los imperios no suelen desplomarse de un día para otro. Su decadencia comienza mucho antes de que sus banderas sean arriadas: se anuncia en el agotamiento de sus recursos, en la desproporción entre sus ambiciones y sus posibilidades, y en la lenta erosión de los consensos que alguna vez les dieron grandeza. Por ejemplo, el imperio romano no perdió su destino en una sola batalla; las grandes potencias tampoco sucumben necesariamente ante un enemigo exterior. A veces, el adversario más peligroso habita dentro de sus propias murallas.
Estados Unidos atraviesa una encrucijada semejante. Conserva una extraordinaria capacidad económica, militar y tecnológica, pero su fortaleza convive con profundas fracturas sociales, una creciente desconfianza institucional y una batalla política que parece haber convertido al adversario en enemigo. La democracia, concebida como un espacio para el desacuerdo civilizado, amenaza con transformarse en un campo de trincheras donde cada partido sospecha que la victoria del otro significa el principio del fin.
Las elecciones del 3 de noviembre pondrán a prueba el respaldo ciudadano a Donald Trump y la capacidad de su gobierno para conservar el control del Congreso. La economía, la inmigración, la salud y el costo de la vida serán protagonistas de una contienda en la que los ciudadanos juzgarán no solo las promesas, sino también las consecuencias de las decisiones políticas.
Es aquí donde la advertencia de Paul Kennedy adquiere aquí una resonancia casi trágica. Una nación puede mantener ejércitos poderosos, proyectar su influencia sobre océanos y continentes y conservar una moneda dominante, pero ninguna de esas ventajas garantiza la eternidad. Cuando el costo de sostener la hegemonía crece mientras la cohesión interna se debilita, el poder comienza a parecerse a un palacio magnífico cuyos cimientos han empezado a agrietarse. Desde fuera, todavía deslumbra; desde dentro, ya se escuchan los crujidos.