Las 48 leyes del poder, de Robert Greene, es un manual estratégico que analiza la naturaleza humana a través de tres milenios de historia para enseñar cómo adquirir, mantener o defenderse del poder. El libro no juzga si las acciones son buenas o malas; expone el poder como una realidad inevitable en las relaciones humanas.
La política tiene sus estaciones. Primero llega la primavera de las victorias, después el verano de la abundancia y, finalmente, ese otoño inevitable en el que quienes caminaron juntos comienzan a disputarse las hojas que caen del mismo árbol. Morena parece haber entrado en esa estación: la lucha ya no es solamente contra sus adversarios, sino por el control de su propio futuro.
Chihuahua se convierte en un pequeño teatro de la condición humana. Andrea Chávez, violando de manera flagrante la ley electoral, recorrió durante meses el estado, lucró con la necesidad de la gente y adelantó su aspiración a la gubernatura en medio de cuestionamientos por presuntos actos anticipados de campaña. Mientras desde la propia Presidencia se insistía en respetar los tiempos y las reglas internas, Andrea Chávez no se pudo resistir a controlar las ansias de poder y optar por la prudencia y el silencio. Finalmente, cuando Morena hizo pública su postura, Chávez quedó detrás de Cruz Pérez Cuéllar. El resultado tuvo algo de tragedia griega: quien había recorrido antes el camino terminó descubriendo que el poder no siempre pertenece a quien llega primero.
Aquí aparece la sombra de Robert Greene y Las 48 leyes del poder. Este rara vez se entrega voluntariamente: se conquista, se negocia y se disputa. En esa lógica, la ambición puede convertirse en un arma de doble filo. Quien busca demasiado pronto la cima puede despertar resistencias entre quienes ocupan posiciones de mayor autoridad. El caso de Chávez también recuerda otra enseñanza del libro de Greene: en política, las alianzas no siempre son eternas; suelen estar condicionadas por intereses y circunstancias. Cuando un partido acumula tanto poder, las antiguas lealtades comienzan a adquirir precio, las alianzas se vuelven frágiles y cada grupo empieza a mirar el futuro como un territorio que debe conquistar antes que los demás. Y detrás de este anhelo permanece una pregunta mucho más antigua que cualquier partido: ¿hasta dónde está dispuesto a llegar un ser humano para conquistar el poder?
La historia política enseña que la ambición puede llevar a un personaje hasta las puertas del palacio, pero también puede dejarlo solo frente a ellas. Porque el poder tiene una paradoja: mientras más cerca parece estar, más enemigos puede producir su sombra.
Y como sabía Greene: cuando el poder está en juego, el verdadero adversario nunca se ubica fuera de sus filas. Se encuentra sentado alrededor de la misma mesa, deseando obsesivamente el mismo trono.