Un libro lleno de dolor y de ternura, y también un libro insólito, como sacado del baúl roto de los Reyes Magos. Se titula El ejército ciego, lo firma el mexicano David Toscana, que con este título acaba de ganar el premio Alfaguara de novela. Es un hecho real: “Corre el año 1014. Tras la batalla de Klyuic (Clidio), el emperador bizantino Basilio II venció al ejército de Bulgaria, los bizantinos toman quince mil prisioneros búlgaros y el emperador Basilio ordena sacarles los ojos, dejando tuerto a uno de cada cien para guiar a los ciegos de vuelta a casa. La columna de hombres desolados llega a la capital búlgara; al verlos, el zar Samuel de Bulgaria sufre un impacto tan grande que cae fulminado por la pena y muere”.
Hay momentos en la historia de un país en que la política deja de parecerse a una discusión y comienza a parecerse a una marcha. Todos avanzan, algunos con banderas, otros con consignas, pero pocos preguntan hacia dónde. En ese sentido, Ejército ciego, de David Toscana, ofrece una imagen poderosa para pensar el México de nuestros días: la de quienes continúan caminando aun cuando han perdido la posibilidad, o la voluntad, de mirar.
La llamada Cuarta Transformación llegó al poder prometiendo abrir las ventanas de una casa que durante décadas había permanecido cerrada. Prometió acabar con privilegios, recuperar la dignidad de las instituciones y devolverle al pueblo el lugar central de la política. Pero el poder tiene una extraña capacidad para transformar a quienes lo ejercen. Con el paso del tiempo, aquel movimiento que alguna vez se presentó como ruptura comenzó a construir sus propias trincheras, sus propios silencios y, también, sus propios enemigos.
La crisis de la 4T no puede entenderse solamente como electoral o partidista. Es, sobre todo, una crisis de visión. Cuando un gobierno deja de escuchar las voces incómodas corre el riesgo de caminar a oscuras. Y ahí aparece una de las imágenes más inquietantes que podemos tomar de Toscana: un ejército ciego puede obedecer, marchar y luchar, pero no necesariamente sabe qué hay delante de él. Pero la responsabilidad tampoco pertenece exclusivamente al gobierno.
La oposición mexicana también parece atrapada en su propia oscuridad. Durante años tuvo la oportunidad de ofrecer una alternativa y, sin embargo, muchas veces respondió al nuevo poder con los mismos vicios que decía combatir. Así, México parece encontrarse entre dos ejércitos: uno que gobierna y puede estar perdiendo la capacidad de mirar sus propios errores, y otro que quiere regresar al campo de batalla sin haber explicado todavía por qué debería ser elegido nuevamente. La democracia no debería exigir soldados ciegos, sino ciudadanos capaces de detenerse, mirar y preguntar.
Y entonces queda solamente el ejército ciego: avanzando, avanzando, avanzando, sin saber si al final del camino existe una patria renovada o simplemente un precipicio.