París y el eco de Los Miserables

Estado de México /
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París, la ciudad que alguna vez convirtió las piedras de sus calles en símbolos de libertad, vuelve a ser escenario de manifestaciones, protestas y enfrentamientos que revelan las profundas fracturas de la sociedad francesa. Detrás de las consignas, las barricadas y el descontento ciudadano se escucha un viejo lamento: el de quienes sienten que el progreso prometido no ha llegado a sus hogares. En las calles parisinas parece resurgir el espíritu de Los miserables, la inmortal novela de Victor Hugo, donde la miseria no era únicamente la ausencia de pan, sino también la falta de justicia, dignidad y esperanza.

Como en la Francia del siglo XIX, los conflictos contemporáneos expresan una tensión entre el poder político y una ciudadanía que reclama ser escuchada. El costo de la vida, la inconformidad con las decisiones gubernamentales, la precariedad económica y la desconfianza en las instituciones alimentan un malestar que, en determinados momentos, desborda los cauces ordinarios de la democracia. Las protestas se convierten entonces en una especie de espejo incómodo en el que Francia contempla sus propias contradicciones: una nación orgullosa de sus ideales republicanos, pero todavía obligada a enfrentar las desigualdades que amenazan su promesa de fraternidad.

Cuando el gobierno no logra comprender el sufrimiento de sus ciudadanos, la legalidad puede convertirse en una muralla y la protesta, en el último lenguaje de quienes sienten que nadie escucha sus palabras. Sin embargo, las barricadas no siempre anuncian una revolución victoriosa. En Los miserables, la sangre derramada por los ideales no garantiza que el mañana sea más justo. La historia enseña que la indignación puede abrir las puertas del cambio, pero también puede extraviarse en la violencia y la confrontación. París sigue siendo una ciudad de luces, pero ninguna iluminación monumental puede ocultar indefinidamente las sombras de la desigualdad. Victor Hugo nos recuerda que la verdadera grandeza de una nación no se mide por la belleza de sus avenidas ni por la solemnidad de sus instituciones, sino por la manera en que trata a los más vulnerables.

Quizá por eso Los miserables continúa caminando entre las calles de París. Porque mientras exista una distancia dolorosa entre las promesas de la República y la vida cotidiana de su pueblo, las barricadas permanecerán como una advertencia: ningún gobierno puede construir estabilidad duradera sobre el silencio de los inconformes, ni ninguna sociedad puede llamarse plenamente libre mientras una parte de sus ciudadanos sienta que ha sido abandonada por la historia.

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  • Arturo Argente
  • Tec de Monterrey, Campus Toluca.
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