Roma soy yo

Estado de México /
Únete al canal de Milenio

En Roma soy yo, Santiago Posteguillo reconstruye la figura de Julio César como la de un hombre que comprendió que el poder no se conquista solamente con ejércitos, sino también con las palabras, con la capacidad de interpretar el descontento de un pueblo y convertirlo en esperanza. Desde esta perspectiva, la novela ofrece una analogía sugerente para comprender la figura política de Andrés Manuel López Obrador y el surgimiento de la Cuarta Transformación.

López Obrador llegó a la Presidencia después de décadas de construir una narrativa de oposición al viejo régimen. Su discurso encontró eco en una sociedad cansada de la corrupción, la desigualdad, los privilegios y la falta de confianza en las instituciones. Como César, entendió que para transformar el poder primero había que conquistar el imaginario colectivo, llegar al corazón de la gente. La 4T no se presentó simplemente como un nuevo gobierno, sino como un momento histórico destinado a romper con el pasado y comenzar una nueva etapa de la República.

En Roma soy yo, César se enfrenta a una estructura política dominada por intereses establecidos y utiliza el respaldo popular como instrumento para modificar el equilibrio del poder. López Obrador siguió una estrategia política semejante: convirtió la confrontación entre “el pueblo” y “los privilegios” en uno de los ejes fundamentales de su proyecto. Así, la política dejó de ser solamente una disputa entre partidos y se transformó en una lucha narrativa entre quienes defendían la transformación y quienes, desde su perspectiva, representaban al antiguo régimen.

Pero la grandeza de un liderazgo también puede convertirse en su mayor riesgo. La historia de César demuestra que cuando un líder concentra demasiado poder y su figura comienza a confundirse con la propia República, las instituciones pueden quedar subordinadas al personaje. Esa es quizá la principal enseñanza que la novela permite trasladar al México de la 4T: ninguna transformación política puede depender eternamente de un solo hombre.

Andrés Manuel López Obrador al dejar la Presidencia acabó con todos los equilibrios y concentró el poder en su imagen, en él mismo, en su ego. Ahí empezó su caída, en su ego. César transformó la República, pero también abrió las puertas a una concentración de poder que terminaría alterando profundamente el destino romano.

Al final, una verdadera transformación no debería decir “López Obrador soy yo”; debería poder afirmar, como una República madura: “México somos todos”.


  • Arturo Argente
  • Tec de Monterrey, Campus Toluca.
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite