Una historia de Europa (XLVIII)

Ciudad de México /
LUIS M. MORALES

Antes de meternos en el Renacimiento, que tan chachi resultó para el futuro cultural, social y político de la Europa que estaba por cuajar, podríamos hacer una pausa para despejar una incógnita interesante. ¿Qué tienen que ver Hitler y la Segunda Guerra Mundial con los siglos XII y XIII en Tierra Santa y Europa?... La cosa puede desconcertar un poco, pero lo cierto es que unos y otros están relacionados. En este caso concreto, la respuesta es caballeros teutónicos. Fueron éstos los monjes-soldados de una orden militar semejante a los templarios y los hospitalarios, nacida en Tierra Santa al socaire de la Tercera Cruzada, que sólo aceptaba en sus filas a nativos alemanes. Y entre 1209 y 1239, gracias a una serie de circunstancias afortunadas (para ella, claro), esa institución medio castrense y medio religiosa acabó convirtiéndose en una de las grandes potencias bélicas europeas. Con mucha sagacidad, sus dirigentes (el gran maestre Hermann von Salza, que era un pájaro de cuenta, y sus sucesores) habían comprendido que la presencia cruzada en Palestina estaba sentenciada, que el reino cristiano de Jerusalén era insostenible y que el futuro de la Orden Teutónica estaba en el este de Europa, donde había un montón de pueblos paganos por cristianizar. Así que entre tiras y aflojas con los papas de turno (como ocurría cuando se trataba de poderes terrenales), esos belicosos fulanos emprendieron la conquista y cristianización, en nombre de Dios y al filo de la espada, de las tierras del nordeste continental. Fue lo que los historiadores llaman Cruzadas Bálticas: sucesivas campañas, unas para ayudar a reinos cristianos fronterizos a asegurar sus fronteras o extenderlas y otras para adquirir nuevos territorios. Empezaron por la Hungría oriental, que convirtieron en feudo propio repoblándola con campesinos alemanes, y continuaron pasándose por la piedra a los paganos de origen eslavo que habitaban Prusia. El papa, qué remedio, les reconoció la posesión de esos territorios; así que luego, ya puestos en plan aguántame un momento el kubaten, kameraden, le metieron mano a los paganos de Finlandia y a los pobladores de Novogorod, que eran cristianos pero ortodoxos que se santiguaban al revés. Con eso pretendían controlar el mar Báltico; pero les salió el cochino mal capado, porque el príncipe de allí (hoy considerado héroe nacional ruso) les dio en 1242 una soberbia  somanta de hostias en la batalla del lago Peipus (recomiendo ver la película Alexander Nevski de Eisenstein, aunque sólo sea por la secuencia de la carga de los siniestros jinetes germánicos). El caso es que ese desastre envalentonó a los prusianos y otros descontentos, que se rebelaron contra la Orden y durante un rato largo la tuvieron de sobresalto en sobresalto hasta que en 1284 y con ayuda del rey de Bohemia (que se llamaba Ottokar como el de El cetro de Ottokar de Tintín) toda Prusia quedó en manos teutónicas y empezó a ser repoblada con colonos alemanes. El siguiente objetivo fue Lituania, que los monjes-soldados no pudieron conquistar; pero que, a causa de su presión, acabó integrándose con Polonia en un nuevo reino estado cristiano, a partir de entonces enemigo más o menos continuo, amén de obstáculo para la ambición territorial de los alemanes que apretaban desde el oeste. Y así, ya entrado el siglo XV, allá por julio de 1410, casi 40,000 polaco-lituanos, apoyados por mercenarios rusos y tártaros, hicieron picadillo en lata a los caballeros teutónicos en la famosa batalla de Tannenberg, que decidió el futuro de Europa Oriental y fijó un poquito las fronteras. Hecha bicarbonato de sosa, la Orden nunca se recobró de aquella escabechina, perdió energía y territorios, y medio siglo después, tras la nuevas derrotas de Marienburg y Zarnmowiec, arrojó la toalla al ring firmando una paz que cedía a Polonia toda la Prusia Oriental. La otra mitad la entregaría en 1525, y a partir de entonces los caballeros teutónicos se convirtieron en una asociación secular sin relevancia que hoy se dedica a actividades benéficas. Sin embargo, lo gordo nadie se lo quita del currículum: de una parte, a ella se debe la cristianización de la Europa Oriental; y de la otra, sus repoblaciones con colonos propios dejaron importantes núcleos de familias germanas (población de raza aria, ojo al detalle) en varios lugares que cuatro siglos más tarde darían pretexto a la Alemania nazi para invadir y anexionarse territorios por la cara, pasándose por la bisectriz todas las convenciones internacionales. No es carambola histórica, ni mucho menos, que uno de los motivos esgrimidos por Hitler para invadir Polonia en 1939, primer chispazo de la Segunda Guerra Mundial, fuese la ciudad de Danzig, donde residía una importante población alemana desde su conquista por los caballeros teutónicos en 1308.

Continuará...


  • Arturo Pérez-Reverte
  • Escritor, periodista y académico español. Es académico de número de la Real Academia Española desde 2003.​ Entre sus novelas están Las aventuras del capitán Alatriste, La reina del sur y Revolución, la más reciente.
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