Terminemos hoy. Hablemos de las ciudades. Vacío de contenido, el continente es ahora un parque temático para turistas, donde la Revolución Francesa cabe en un folleto y el Imperio Romano en una visita de media hora: tiendas de ropa, bares y restaurantes, catedrales iluminadas, palacios convertidos en hoteles, tiendas de recuerdos fabricados en la India o Nigeria. Ciudades cada vez más parecidas entre sí, decorados donde el visitante fotografía y consume, y el residente (si queda alguno) se resigna o se larga a la periferia. Y no es que Europa ya no produzca cultura: museos, festivales, librerías y bibliotecas mantienen su labor admirable. Pero esa cultura, antaño acicate de ideas y revoluciones, es refugio más que vanguardia: sirve para recordar lo que fuimos, no para planear lo que seremos. Cada núcleo urbano se ha convertido en escaparate de buen rollito, museo interactivo, festival gastronómico. Todo muy sostenible y fotogénico. Pero tras el decorado, los jóvenes encadenan contratos precarios y no tienen donde vivir con dignidad, las industrias se piran y no regresan, la natalidad está en caída libre (a ver quién trae hijos a este desparrame). El escaparate es atractivo, pero la trastienda agoniza entre desidia e impotencia; y en lugar de afrontar con realismo y crudeza el reto demográfico (conciliación real, incentivos sólidos, ambiente favorable a la familia, integración social, educación que combine el pasado con el mundo actual), Europa se resigna a importar, de grado o a la fuerza, población joven esperando que el problema se diluya. Que el sentido común y la bondad humana mantengan a raya el egoísmo, la codicia, la estupidez, la elemental naturaleza de individuo. Sería injusto terminar esta serie de artículos (la empecé en 2021) negando que Europa sigue ofreciendo libertades y bienestar envidiables. Precisamente por eso atrae a quienes vienen a buscarse la vida, y también por eso es lamentable su declive. Porque lo que agoniza no es sólo la renta per cápita o el bienestar de sus habitantes, sino una tradición humanista que defendió la dignidad del individuo, el estado de derecho y la crítica racional y libre. Lo trágico (o lo cómico, según se mire) es que los supuestos herederos de esa tradición parecen desconocerla o perder la fe en ella. Claman respeto para los viejos indiscutibles valores, pero temen parecer arrogantes si los razonan y explican, quizá porque en el fondo los desconocen o los han olvidado. Y así, entre complejos y cobardías, el mundo real avanza sin esperar a que en Bruselas se redacte el acta de la última comisión de comisiones que comisionan. Queda la cultura, naturalmente: esa manera digna de encarar el crepúsculo: leer a los antiguos maestros, escuchar la música que vibra en lugares centenarios, recorrer las piedras que vieron nacer y morir imperios, proporciona una lúcida melancolía. No evita el final, pero permite comprenderlo. No devuelve lo perdido, pero ayuda a soportar su ausencia. Hablo de cultura de verdad, no de la que sectarios imbéciles (como el ministro español Urtasun) venden desnatada y pasteurizada a gente que en el teléfono móvil busca más restaurantes que museos. Hablo de la que de verdad nutre y educa. Y ésa es tal vez la batalla que en Europa no está aún perdida: se frecuentan librerías, suenan las orquestas, los museos reciben millones de visitantes, entre ellos no pocos jóvenes que valen o valdrán la pena. Podemos leer a Virgilio, al barón Holbach, a madame de Staël o a Galdós mientras otros programan un frío futuro, y podemos escuchar a Mozart mientras los nuevos bárbaros diseñan algoritmos que manipulan el mundo. Para quienes vemos Europa de tal modo (y todavía somos unos cuantos), hay verdadera elegancia en esa resistencia estética. Tan extraordinaria memoria cultural aún es estímulo para muchos y no simple refugio para unos pocos. Los libros que seguimos venerando fueron polémicos, incómodos, revolucionarios, y nos dieron la certeza de que el humanismo no nació para justificar la pasividad y el confort, sino para crear ciudadanos cultos, libres y exigentes. Ignoro (tampoco llegaré a verlo) si Europa será capaz de sacudir la modorra reglamentaria y recobrar algo de su antiguo descaro, fuerza y grandeza. En el fondo (y la forma) lo dudo sinceramente, pues para ello habría que asumir responsabilidades, abandonar la autocomplacencia y aceptar que la Historia no perdona a quienes la ignoran. A quienes se niegan a exigir a sus gobernantes menos demagogia y más razón, menos moralina fácil, más esfuerzo y trabajo, más dignidad y más coherencia. Puede, y así concluyo esta larga Historia, que Europa ya nunca dicte el futuro; pero todavía sabe, como nadie, narrar el pasado con una profundidad y una belleza que otros envidian. Y esa conciencia histórica, esa memoria humanista, esa mirada crítica y sabia que atraviesa treinta siglos, es el patrimonio admirable de un continente que, incluso viejo y cansado como está, todavía es capaz de afrontar con gallarda lucidez su propio ocaso. Consciente de que si ya no es posible cambiar el mundo, al menos resulta consolador comprenderlo. Aunque sea, como el viejo hidalgo cervantino, con la herrumbrosa espada colgada en la pared y un viejo libro en las manos.
Fin de la serie