Cuando el odio se vuelve tendencia

Ciudad de México /
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El Mundial avanza hacia las semifinales y la emoción crece. Millones de personas siguen cada partido con la pasión que solo el futbol despierta. Pero esa intensidad también ha servido para exhibir un problema profundo que rebasa la cancha.

En redes sociales, ciertos perfiles han convertido la pasión deportiva en insulto, rencor y desprecio. Vemos ecuatorianos y argentinos que hablan de México con agresividad; mexicanos que insultan a los argentinos porque no soportan a Messi; burlas, agravios y provocaciones que intentan convertir un partido en una enemistad entre pueblos.

Esas personas no representan a ningún país de América Latina. Son voces ruidosas, muchas veces calculadoras, que buscan notoriedad, seguidores y dinero a través del escándalo. Entendieron que el enojo circula más rápido que la serenidad, que el insulto produce más reacciones que la razón y que una frase ofensiva puede volverse viral en minutos. A veces lo hacen por dinero, otras por fama, y no pocas porque detrás de esa agresividad asoman complejos, resentimientos y miserias personales.

El problema no termina ahí. Los algoritmos que ordenan la conversación digital amplifican esos mensajes hasta deformar la percepción de la realidad. Un puñado de usuarios ruidosos puede dar la impresión de que sociedades enteras se detestan. Una provocación diseñada para enfurecer puede circular como si fuera el sentir de un país entero. Una frase miserable, repetida miles de veces, puede parecer un diagnóstico social. Lamentablemente, así funciona una parte de la conversación pública de nuestro tiempo.

En la era digital, la verdad deja de medirse por su correspondencia con los hechos y empieza a valorarse por su capacidad de confirmar prejuicios, movilizar emociones y reforzar identidades. No hace falta que una afirmación sea cierta para que produzca consecuencias reales; basta con que se repita, se comparta y se convierta en tendencia. La viralidad termina funcionando como una forma de legitimidad. Lo más visible parece verdadero, lo más repetido adquiere autoridad y lo que despierta indignación circula con más fuerza que cualquier desmentido.

Por ello conviene poner las cosas en su sitio. La relación entre los pueblos latinoamericanos es mucho más amplia y profunda que los gritos de unos cuantos usuarios. Compartimos historia, migraciones, afectos, familias, trabajo, cultura, música, comercio, admiración y también diferencias legítimas. Hay rivalidades deportivas, por supuesto, pero no enemistades nacionales. Ningún país cabe en el insulto de un influencer. Ningún pueblo puede reducirse a sus peores perfiles.

Lo preocupante es que las redes no son un mundo aparte. Lo que se normaliza en redes termina contaminando conversaciones familiares, discusiones públicas, medios de comunicación y decisiones políticas. Lo que hoy parece un exceso futbolero mañana puede alimentar desconfianza, resentimiento o desprecio hacia personas que nada tienen que ver con la agresión original. Así se fabrican divisiones donde había diferencias; así se convierten rivalidades normales en fracturas innecesarias.

Esto no ocurre solo en el futbol. Pasa también en la política, en las comunidades, en las discusiones sobre identidad, religión, seguridad o migración. Unos cuantos provocadores empujan la conversación hacia el extremo, las plataformas premian el conflicto y la mayoría termina atrapada en una realidad deformada.

Por eso hay que denunciar sin hacerle el juego al odio. No se trata de mirar hacia otro lado ni de minimizar lo inaceptable. Se trata de no convertir al provocador en protagonista. Cada vez que compartimos un mensaje ofensivo solo para indignarnos, también lo ponemos a circular. Cada vez que respondemos a una provocación diseñada para enfurecer, le damos el premio que buscaba. Hay que señalar el problema, no inflarlo hasta que parezca más grande que la realidad.

El Mundial pasará. Ganarán unos, perderán otros y quedarán las discusiones de siempre. Lo que no debería quedar es la idea falsa de que los pueblos se odian por culpa de quienes lucran con el rencor. La conversación digital no puede seguir siendo terreno fértil para quienes necesitan odiar para existir.

Al final, por más pasión que despierte, es un partido de futbol. Y ningún partido vale más que el respeto entre las personas ni que la amistad entre nuestros pueblos.


  • Arturo Zaldívar
  • Coordinador General de Política y Gobierno de la Presidencia de México. Ministro en retiro y expresidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación
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