La semana pasada, el nuevo “Frente Amplio Democrático” llegó a la escena pública envuelto en una narrativa solemne: la de un movimiento ciudadano dispuesto a “defender la democracia” frente a una supuesta regresión autoritaria. Sin embargo, basta mirar más de cerca para advertir que no estamos ante una novedad política, sino ante un reciclaje. Más que un frente ciudadano, es el nuevo disfraz de la vieja oposición.
Sus voceros afirman que la próxima reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum —que aún ni siquiera se ha presentado— amenaza los contrapesos, el pluralismo y las libertades. Han llegado incluso a describirla como un asalto al corazón de la democracia, y alguno hasta anticipó el regreso del fascismo y el nazismo. Cuando la discusión pública se instala en ese registro hiperbólico, conviene preguntarse si estamos ante un análisis serio o simplemente ante una estrategia basada en el miedo.
Detrás de la etiqueta grandilocuente no hay ciudadanos nuevos. Basta revisar la lista de firmantes. Figuras del viejo régimen como el ex presidente Vicente Fox, Margarita Zavala y Claudio X. González que, tras perder relevancia en las urnas, buscan recuperarla en el terreno de la opinión pública. No es una nueva sensibilidad democrática: es el reagrupamiento de los mismos actores de siempre, cuya principal coincidencia es el desprestigio y la dificultad de aceptar la derrota frente a un país que ha cambiado.
A falta de propuesta, recurren al miedo y al catastrofismo. Su discurso gravita en torno al colapso inminente, aun cuando la realidad se empeñe en desmentirlo. Han repetido tanto la palabra “autoritarismo” que terminaron por vaciarla de sentido.
Por si fuera poco, los firmantes evocan con nostalgia la llamada “transición democrática” como una edad dorada de instituciones ejemplares. Olvidan —o prefieren olvidar— que ese periodo convivió con desigualdades persistentes, exclusión social y un modelo político que mantuvo amplios márgenes de decisión fuera del alcance de las mayorías. Para millones de personas, aquella transición no significó democratización plena, sino la continuidad de un orden estable para unos cuantos.
Por ello es revelador que nos adviertan contra el “regreso del antiguo régimen” quienes fueron sus protagonistas y beneficiarios. Más llamativo es que se autoproclamen un movimiento “desde abajo” cuando encarnan a la élite política e intelectual que durante décadas marcó los límites de lo políticamente aceptable.
Lo cierto es que la reforma electoral no busca controlar árbitros, someter tribunales ni debilitar las reglas de competencia. Su propósito es distinto: actualizar las reglas del poder para una sociedad plural, informada y exigente. No se trata de beneficiar a un partido ni de desmontar contrapesos, sino de modernizar el pacto democrático para que siga siendo creíble y legítimo a los ojos de la ciudadanía.
Decir que esta reforma pretende aniquilar la democracia no solo es falso, también revela una visión patrimonialista de las instituciones, como si cualquier cambio implicara su captura. Las democracias vivas se revisan, se corrigen y se perfeccionan.
¿Por qué, entonces, el llamado Frente Amplio Democrático lanza estas acusaciones?
Porque no estamos ante ciudadanos espontáneamente organizados, sino frente a los mismos actores que han cambiado de siglas, plataformas y consignas sin lograr reconectar con la gente. De Va por México a la Marea Rosa, de México Libre a este nuevo “Frente”, la constante no ha sido la renovación, sino la derrota.
Frente a ese diagnóstico interesado, la realidad mexicana apunta en otra dirección. Hoy gobierna un movimiento que ha colocado a las mayorías en el centro de las decisiones públicas y ha buscado traducir la voluntad popular en políticas tangibles y derechos universales, no concesiones. Un proyecto que ha reformado las instituciones para expandir libertades, para dignificar causas y no para concentrar el poder.
En ese contexto se inscribe la discusión sobre la reforma electoral. El país no se dirige hacia una regresión autoritaria, como afirma la oposición. Lo que estamos presenciando es algo más simple —y más profundo—: una democracia que se ensancha. Una democracia con mayor igualdad, mayor participación y una base social más amplia, donde el pueblo ha dejado de ser espectador para convertirse en protagonista del rumbo nacional.