Los grandes modelos de lenguaje (LLM) como ChatGPT o Claude se están convirtiendo rápidamente en parte de nuestra vida diaria, cambiando de forma profunda la forma en que trabajamos, estudiamos y resolvemos problemas. Cada vez más son las instituciones, escuelas y centros de trabajo que adoptan herramientas de IA para resolver desafíos, eficientar tareas y maximizar resultados.
Con todo, sabemos muy poco sobre la forma en que estas herramientas están transformando la mente y las capacidades humanas.
Hace unos días, un equipo interdisciplinario de España, Japón, Italia y Estados Unidos publicó un artículo crucial para empezar a entender ese fenómeno. En él, nos invitan a pensar en la difusión de estos modelos a través de la analogía de un virus, por la forma en que su uso se “disemina” entre las personas con importantes consecuencias cognitivas.
Entendidos como un virus, los LLM son “tecnologías transmitidas culturalmente” que se adoptan rápidamente por su eficacia para resolver problemas, pero que pueden tener importantes costos en la autonomía cognitiva. El uso intensivo de los LLM se “contagia” porque las personas aprenden de otras, las escuelas y centros de trabajo las adoptan, y lo que inició como una tecnología que solo unos cuantos comprendían, se convierte en la principal herramienta de trabajo en todo el mundo.
Las interacciones entre personas y LLM no son necesariamente dañinas. Sus efectos dependen fundamentalmente de cómo se utilicen.
Por un lado, hay quienes recurren a la IA como una herramienta para facilitar el trabajo, pero siguen leyendo, escribiendo, razonando y verificando la información por cuenta propia. Por otro lado, hay quienes le delegan enteramente su razonamiento a la IA, y dejan de verificar, investigar, argumentar y planear. En este segundo caso —cada vez más frecuente— la máquina reemplaza el pensamiento humano, con importantes costos para la cognición humana.
De ahí surge una distinción muy valiosa entre andamiaje y sustitución. Una IA funciona como andamiaje cuando ayuda a las personas sin eliminar el esfuerzo que permite el aprendizaje, porque plantea preguntas, ofrece pistas y obliga a contrastar. En cambio, la IA sustituye nuestro pensamiento cuando sintetiza, evalúa, argumenta o escribe por nosotros. Ello supone una amenaza muy seria para la autonomía.
Con todo, el riesgo no es solo individual. Como señala el estudio, la independencia cognitiva es un fenómeno que se nutre de prácticas sociales. En efecto, las instituciones educativas fomentan la lectura, la escritura, el pensamiento crítico y la resolución independiente de problemas. Cuando estas son prácticas compartidas, se refuerzan recíprocamente. Sin embargo, a medida que la delegación de tareas cognitivas se vuelve más común y frecuente, el entorno social se debilita, haciendo más atractiva la sustitución y generando dependencia.
Lo más preocupante es que, de acuerdo con los autores, pasado cierto umbral la pérdida de autonomía colectiva se refuerza de manera sistemática, lo que puede derivar en un deterioro masivo de la cognición humana.
El estudio ofrece una salida: “inmunización cognitiva”. No se trata de restringir el uso de los LLM, sino de evitar los usos más dañinos y fomentar las prácticas que mantienen el razonamiento humano, como la resolución independiente de problemas, el pensamiento crítico, la verificación de la información, la deliberación y políticas educativas que garanticen que los LLM se utilicen para respaldar y no para reemplazar el aprendizaje.
La inteligencia artificial es una realidad instalada y una oportunidad para ampliar capacidades y democratizar el conocimiento. Los LLM pueden aumentar la productividad y potenciar el aprendizaje, pero también pueden afectar gravemente nuestra capacidad de razonar en libertad. Todo depende de utilizarlos como un andamiaje, y no como sustituto del pensamiento.
La autonomía —la capacidad de formarse un juicio propio y actuar conforme a él— es un presupuesto de los derechos humanos. Sin ella no hay consentimiento informado, ni voto razonado, ni deliberación, ni responsabilidad. Una ciudadanía que delegó su pensamiento puede conservar intactas sus libertades formales y ser, en los hechos, incapaz de ejercerlas. Usemos la inteligencia artificial para pensar más y mejor, nunca para dejar de hacerlo. Lo primero ensancha nuestra libertad; lo segundo la sacrifica.