Las revueltas estudiantiles que hoy sacuden a Francia nacieron en un pequeño liceo de Créteil, a las afueras de París. El 17 de septiembre, sus alumnas y alumnos se sumaron a la huelga de sus profesores para exigir docentes de matemáticas, de historia y de francés. Sin portavoces ni partidos, convocados por Snapchat, se plantaron en la entrada de su escuela. Un mes después, cientos de liceos estaban bloqueados por sus estudiantes. En Nantes, las y los estudiantes marcharon detrás de una consigna que lo resume todo: «Escuelas sin dinero, un país sin futuro».
La primera respuesta del gobierno fue la fuerza. Un estudiante de 15 años perdió una mano por una granada policial frente a su liceo, y hay decenas de investigaciones por posibles abusos policiales. Lejos de apagar el conflicto, la represión lo alimentó. El 17 de octubre, cientos de miles marcharon contra el alto costo de la vida y el abandono de la educación pública; las protestas fueron de tal magnitud que hubo toques de queda en varias ciudades.
Lo que empezó en un aula se volvió algo más grande. El sábado pasado, más de 400 mil personas se volcaron a las calles. En las plazas conviven reclamos distintos, desde maestros que no llegan y aulas donde el termómetro marca 40 grados hasta una salud pública que se deteriora, salarios que no rinden y territorios que se sienten olvidados. Muchos de estos reclamos se explican por años de políticas de austeridad, pero no todos. Francia está entre los países que más gastan en políticas de bienestar y, aun así, millones sienten que el Estado no llega a su vida.
Ese desencuentro revela, en el fondo, una crisis de legitimidad. La República se fundó en una promesa de igualdad, y su escuela pública fue durante siglo y medio la prueba de esa promesa. Cuando una joven debe acreditar una materia que lleva seis meses sin profesor, la distancia entre lo que el Estado proclama y lo que la ciudadanía vive se vuelve insoportable, y se resquebraja la confianza en un mejor futuro.
Las protestas en Francia enarbolan causas históricas de la izquierda. Sin embargo, rumbo a la elección presidencial de 2027, es la ultraderecha de Marine Le Pen y Jordan Bardella la que encabeza las encuestas. Ello muestra que el descontento no tiene dueño. Las promesas incumplidas de la democracia se convierten en resentimiento, y la ultraderecha ha sabido explotar ese despecho ofreciendo culpables en lugar de soluciones.
Esa es la lección de Francia para la causa progresista. Frente al descontento con la democracia liberal, una izquierda dividida no alcanza. La vertiente de Jean-Luc Mélenchon promete romper con el sistema; la socialdemocracia de Raphaël Glucksmann apuesta por la moderación y se niega a aliarse con ella. Cada una dialoga con una parte distinta del malestar y nadie con su conjunto. Así, la indignación de las calles se queda sin una alternativa capaz de sumar mayorías.
Lo que hace falta son proyectos populares amplios, capaces de arropar los distintos reclamos de justicia e igualdad y de convertirlos en instituciones, derechos y soluciones que cambien de forma tangible la vida de la gente, empezando por quienes el sistema ha olvidado. No se trata de borrar las diferencias, sino de construir un horizonte común que las contenga. La ciudadanía castiga a la izquierda cuando sus ideales se quedan en el discurso, pero también cuando se divide y la deja sin opción.
América Latina demuestra que es posible. Este domingo, Lula ganó en Brasil un cuarto mandato frente a la ultraderecha, tras sacar a millones de la pobreza y al país del Mapa del Hambre. En México, entre 2018 y 2024, 13.4 millones de personas salieron de la pobreza, según el Inegi. Hoy el proyecto que encabeza la presidenta Claudia Sheinbaum goza de un amplio respaldo popular. Con su liderazgo, el anhelo es profundizar esa transformación con mejores servicios públicos, seguridad y oportunidades de prosperar. Son proyectos que no fragmentan el malestar, sino que lo convierten en mayoría y en resultados.
Las y los jóvenes franceses no piden privilegios. Piden un profesor en el aula y escuelas dignas. Que una exigencia tan elemental haya sacudido a un país entero es una advertencia que trasciende a Francia. La igualdad no se proclama, se demuestra cada día en la escuela, en la clínica y en la calle.
El desafío de nuestro tiempo es construir izquierdas unidas, amplias y creíbles, capaces de escuchar el desencanto y de convertirlo en derechos y soluciones reales. Sólo así la democracia volverá a ser, para las mayorías, una promesa que se cumple.