Gracias, México

Ciudad de México /

No soy experto en futbol, ni pretendo serlo. Pero he visto todos los Mundiales desde 1970 y puedo decir, sin exagerar, que nunca había visto a una Selección Mexicana jugar como esta.

No llegamos al torneo con grandes expectativas. Se dijo que era una Selección menor, una generación sin peso, un equipo sin figuras suficientes para competir contra los grandes. Se habló más de sus límites que de sus posibilidades. Tal vez por eso lo ocurrido vale tanto. Estos jóvenes no pidieron permiso para creer. Salieron a jugar con disciplina, orden, valentía y una idea clara: México podía competirle a cualquiera.

Y compitió. Lo hizo desde el primer partido, con una seguridad que no se improvisa. Cuatro victorias consecutivas, sin recibir un solo gol: un desempeño histórico que no se explica por suerte ni por entusiasmo. Se explica por trabajo, estrategia, concentración y por una mística de equipo que pocas veces habíamos visto. No fue una colección de talentos sueltos, sino un grupo bien articulado. Y en el futbol, como en cualquier empeño colectivo, eso hace toda la diferencia.

México jugó en unidad, defendió en unidad y sufrió en unidad. No se acobardó frente a nadie. Hubo jóvenes de enorme talento, pero hubo sobre todo una conducta colectiva. Una manera de estar en la cancha que hablaba de confianza, temple y respeto por el juego. Ahí está también la mano del Vasco Aguirre; no basta con motivar, hay que ordenar la esperanza.

El domingo pasado, México enfrentó a una potencia. Un equipo valuado siete veces por encima del nuestro, con jugadores que pesan en las mejores ligas del mundo —Bellingham, Kane y compañía. La diferencia económica era enorme. La diferencia futbolística lo era también en el papel, pero no lo fue en la cancha. México estuvo cerca; perdió, pero no se derrumbó en ningún momento. Luchó hasta el último minuto con dignidad, corazón y pasión. Un equipo que le compite sin miedo a una potencia mundial y cae por un solo gol no es un equipo para llorar. Es un equipo para soñar en grande y construir los próximos años con trabajo duro.

En la vida, a veces se gana y a veces se pierde. Lo que no siempre se entiende es que también hay formas de ganar y formas de perder. Hay derrotas que hunden y derrotas que levantan. Hay caídas que exhiben pretextos y otras que revelan carácter. México perdió de pie. No buscó culpables imaginarios, no pataleó, no convirtió la frustración en berrinche, como hacen otros cuando no saben aceptar la derrota. Aceptó el resultado con grandeza y, con ello, se ganó su lugar en la historia.

En tiempos en que tantos prefieren la excusa a la responsabilidad, esta Selección dejó una lección sencilla y poderosa. La dignidad no depende del marcador. Se puede perder sin rendirse; se puede caer sin traicionarse; se puede mirar al rival a los ojos, reconocer su mérito y volver a levantarse.

Con todo, quizá lo más importante ocurrió fuera de la cancha. Durante unos días, México se permitió soñar unido. En casas, plazas, restaurantes, oficinas y calles volvimos a hablar el mismo idioma. Un gol nos abrazó. Una parada nos puso de pie. Un pase nos hizo creer. En un país acostumbrado a dividirse, la Selección nos regaló una ilusión compartida.

El futbol no borra la violencia, ni la desigualdad, ni las deudas pendientes. Nunca lo ha hecho. Pero sí puede recordarnos algo que a veces olvidamos. Cuando México trabaja unido, con disciplina, talento y confianza, no hay adversario imposible. Lo vimos en la cancha. Once jugadores corriendo por todos y todas, un equipo por encima de las individualidades, un país entero empujando desde afuera.

Esa es la esperanza que nos dejan. Nace del esfuerzo, de la preparación, del respeto al oficio. No promete milagros, pero demuestra que se puede competir mejor. Entiende que el futuro no se espera sentado; se construye día con día, como todas las grandes cosas en la vida.

Gracias, México.

Gracias a esta Selección por devolvernos la ilusión, por acercarnos, por hacernos gritar juntos, por recordarnos que todavía sabemos creer. Gracias por jugar con alegría y carácter. Gracias por perder con dignidad y por ganar algo que vale más que un partido: la confianza de un país.

Nos vemos en 2030. Esta vez, no termina una historia. Empieza una promesa.


  • Arturo Zaldívar
  • Coordinador General de Política y Gobierno de la Presidencia de México. Ministro en retiro y expresidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación
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