Hace unos días OpenAI presentó Astra for Law, una configuración especializada de ChatGPT para el trabajo jurídico, inicialmente disponible para ciertos despachos seleccionados de Estados Unidos. Esta herramienta de inteligencia artificial puede buscar leyes y jurisprudencia, encontrar sentencias a favor o en contra de una postura, identificar el criterio central de un precedente, analizar cláusulas contractuales, detectar riesgos regulatorios y construir argumentos jurídicos.
Además, Astra permite que los despachos incorporen sus propios precedentes, métodos y criterios para desarrollar herramientas y flujos de trabajo a la medida. Una firma puede convertir años de experiencia negociando contratos en un sistema que revise nuevos acuerdos, compare cláusulas, detecte riesgos y proponga cambios conforme a sus estándares, de forma mucho más rápida que lo haría un equipo legal.
Estamos, por lo tanto, ante algo más que una herramienta de búsqueda o investigación jurídica. Si una máquina puede investigar, comparar precedentes, revisar contratos y redactar memorandos en minutos, ¿para qué necesitamos abogados?
Lo cierto es que la abogacía no va a desaparecer. Lo que sí está cambiando profundamente es dónde reside el valor de una abogada o un abogado. A medida que la IA asume con mayor rapidez tareas de investigación, análisis y redacción, cobran todavía más importancia aquellas capacidades que no pueden reducirse a procesar información: el criterio, la experiencia, el juicio y la responsabilidad.
En efecto, el derecho nunca ha consistido solamente en encontrar normas y precedentes. Un buen abogado o abogada debe comprender los hechos, ordenar un problema, distinguir lo importante de lo accesorio, anticipar consecuencias y explicar qué decisión conviene tomar cuando ninguna respuesta es perfecta. Ello exige conocimiento jurídico, pero también experiencia, prudencia y juicio moral.
Astra puede encontrar un precedente. No puede asumir la responsabilidad de decidir si debe invocarse. Puede proponer una cláusula contractual, mas no puede comprender por sí misma qué riesgo está dispuesto a aceptar un cliente ni qué solución preserva mejor una relación, una empresa o un derecho. Puede construir un argumento defendible, pero corresponde al abogado preguntarse si además es justo y consistente con los principios de su profesión.
La propia tecnología confirma esa necesidad. En una evaluación publicada por OpenAI, Astra for Law superó la prueba global de corrección en solo 54 por ciento de los casos. Usar la IA no elimina los deberes de comprender sus límites, proteger la información del cliente y verificar sus resultados. Así, la responsabilidad profesional no se delega al modelo.
Por lo anterior, el desafío no será competir con la IA, haciendo más rápido lo que ella ya hace mejor. El reto es desarrollar las capacidades que vuelven valioso el juicio humano, como la argumentación, el pensamiento estructurado, el criterio jurídico, la sensibilidad frente al contexto, la capacidad de dudar y la disciplina de verificar.
Ello tendrá consecuencias económicas. Buena parte del modelo tradicional de los grandes despachos estadounidenses descansa en cobrar por horas dedicadas a investigar, revisar y redactar. Si tareas que antes tomaban diez horas pueden resolverse en dos, será cada vez más difícil justificar que el valor del servicio dependa del tiempo consumido. La American Bar Association ha señalado que, cuando se factura por hora, solo puede cobrarse el tiempo efectivamente trabajado. La presión para pasar de vender horas a demostrar valor será inevitable.
Lo anterior no significa entregar el derecho a las máquinas. Por el contrario, cuanto más capaces sean estas herramientas, más importante será que quienes las utilicen sepan dónde terminan sus capacidades y dónde comienza su responsabilidad.
Podemos aprovechar la IA para liberar a las y los abogados de tareas mecánicas y exigirles más, no menos, pensamiento. Una profesión que delega su criterio pierde su razón de ser; una que utiliza la tecnología para profundizarlo puede brindar una asesoría más rápida, rigurosa y accesible.
La IA puede acelerar el derecho. Pero la justicia seguirá necesitando seres humanos capaces de escuchar, discernir, responder por sus decisiones y poner el conocimiento al servicio de la dignidad. Ahí seguirá estando el corazón de la abogacía.