Siempre Messi

Ciudad de México /

El Mundial de 2026 está en marcha y, con él, regresa una certeza. Hay futbolistas y hay leyendas. La más clara de todas pertenece a Lionel Messi. El día de ayer, a punto de cumplir 39 años, superó al alemán Miroslav Klose como máximo goleador en la historia de los Mundiales, doblegando a Austria por dos a cero y afianzando a su equipo en lo más alto del grupo. Una proeza que confirma por qué lleva dos décadas asombrando al planeta.

Sus logros no admiten discusión. Ocho Balones de Oro, más que cualquier otro futbolista en la historia. Cuatro veces campeón de Europa con el Barcelona. Campeón olímpico. Dos veces campeón de América con su selección. Y, sobre todo, campeón del mundo en Catar 2022, donde además fue elegido el mejor jugador del torneo. Hoy llega como vigente campeón a defender esa corona. En más de un siglo de futbol, muy pocos pueden mirarlo de frente. Acaso solo Pelé y Maradona, los otros dos nombres que el tiempo no borrará.

Pero reducir a Messi a sus trofeos sería perderse lo esencial. Lo que de verdad lo vuelve excepcional no se mide en copas. Es un hombre sencillo y reservado. Esposo de su amor de la infancia, padre presente, hijo agradecido del barrio de Rosario donde empezó a jugar. Cargó durante años con la ilusión de todo un país, soportó derrotas dolorosas y críticas feroces, y nunca respondió con soberbia ni se dio por vencido. Cuando por fin levantó la copa del mundo, lo que conmovió no fueron sus goles, sino sus lágrimas y el abrazo a su familia. El desahogo de un hombre común que había esperado toda la vida ese momento. No necesita levantar la voz para imponerse. Deja que hable su juego, y que su conducta defina el resto.

No es el caso de Cristiano Ronaldo. Durante años, su rivalidad con Messi se vendió como el gran duelo de una época. Pero fue, en buena medida, una rivalidad fabricada: dos carreras descomunales que coincidieron en el tiempo y que la prensa y el marketing convirtieron en una guerra de bandos. La comparación, además, parte de un equívoco. Nadie discute la grandeza del portugués —su esfuerzo, su disciplina y su ambición son admirables, y sus números, enormes—, pero Cristiano es, ante todo, un goleador extraordinario, mientras que Messi es un futbolista completo, que no solo marca: también crea, asiste y decide los partidos.

Y, con todo, el contraste más revelador no está en la cancha, sino en lo humano. La figura de Cristiano se ha edificado sobre el ruido, la ostentación y la necesidad permanente del reflector. Messi encarna lo contrario: la grandeza que no presume, que no se cree por encima de nadie, que prefiere el silencio. Por eso, más allá de quién marcó más goles, en lo que de verdad importa caminan por planos distintos.

Vivimos tiempos que premian el escándalo, el ego y el éxito gritado en las redes. En medio de ese ruido, figuras como Messi son una rareza valiosa. A las niñas, los niños y los jóvenes —y a los deportistas que vienen detrás— les enseñan algo que ninguna escuela transmite tan bien como el ejemplo. Que el talento no está peleado con la humildad; que se puede llegar a la cima sin pisar a nadie; que el respeto al adversario, la lealtad y el trabajo callado valen más que cualquier título.

Un niño o una niña que lo admira no aprende únicamente a soñar con un gol. Aprende a ganar sin humillar y a perder sin quebrarse. Aprende que el aplauso es pasajero y que el carácter es lo que queda. Aprende que la fama no autoriza el desprecio y que la grandeza verdadera se mide por cómo se trata a los demás cuando ya no hay nada que demostrar.

Por ello los referentes no son asunto menor. Moldean lo que una generación valora y, por lo mismo, lo que aspira a ser. En eso, Messi se hermana con los más grandes de otros deportes, como Roger Federer, Novak Djokovic y Rafael Nadal. Campeones que nunca perdieron la elegancia ni el respeto, y que demostraron que ser el número uno y ser una buena persona no se contraponen.

Cuando Argentina vuelva a saltar al campo, vale la pena mirar al número 10 con otros ojos. No solo veremos al mejor. Veremos la prueba de que la verdadera grandeza se lleva con humildad.

Siempre Messi.


  • Arturo Zaldívar
  • Coordinador General de Política y Gobierno de la Presidencia de México. Ministro en retiro y expresidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación
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