El sábado pasado se celebró la Asamblea Nacional Constitutiva de “Somos México”, la nueva organización de la oposición que busca convertirse en partido político. Hasta hace poco se disfrazó como “Frente Cívico Nacional”. Antes, la “Marea Rosa”. Ahora adopta otra etiqueta y presenta nueva dirigencia: el ex diputado perredista Guadalupe Acosta Naranjo como presidente y la ex perredista Cecilia Soto como secretaria general.
La pregunta es inevitable: ¿qué hay realmente de nuevo?
Acosta Naranjo fue dirigente del PRD, un partido que nació como alternativa al viejo bloque hegemónico y terminó diluyéndose tras aliarse con aquello que prometía combatir. El patrón se repite. En el consejo consultivo aparecen los ex ministros de la SCJN: Margarita Ríos-Farjat, Javier Laynez y José Ramón Cossío, así como el ex presidente del INE Lorenzo Córdova. Todos ellos han sido aliados y voceros de la oposición al proyecto de transformación.
A la lista se suman el ex alcalde de la Benito Juárez, Santiago Taboada, y el ex presidente nacional del PAN Gustavo Madero, lo que deja clara la alianza entre dicho partido y la organización. También estuvo presente el ex priista Enrique de la Madrid. Más que una irrupción ciudadana, la escena parece un catálogo de las viejas élites partidistas que administraron el poder durante décadas. No hay frescura ni renovación: hay reagrupamiento. Cambian las siglas y los colores, pero no los apellidos ni los intereses que representan.
El discurso tampoco sorprende. Alertan contra una supuesta reforma electoral “regresiva y autoritaria”. Sostienen que ya no vivimos en democracia. Invocan el “abismo”, la “destrucción” y hasta insinuaciones de vínculos con el crimen. Y repiten la consigna de que “no son de derecha, sino de derechos”.
Ahí está el núcleo de la simulación. No son un movimiento ciudadano. Son la derecha mexicana que se avergüenza de sus convicciones. Son los sectores que perdieron privilegios y que ahora se presentan como guardianes de la libertad. No les avergüenza defender intereses económicos egoístas; les incomoda reconocer que solo buscan el poder por el poder mismo.
Bienvenida la competencia electoral. En una democracia robusta, toda fuerza que quiera organizarse y competir tiene pleno derecho a hacerlo. Lo cuestionable no es que funden un partido político, sino la doble moral. Se presentan como ciudadanos agraviados, pero no buscan defender libertades ni profundizar la igualdad: buscan recuperar posiciones de poder.
Son los mismos que desde el INE intervinieron abiertamente a favor del PRIAN. Son los ministros que pactaron con la derecha y jugaron como oposición, usando sus facultades para invalidar leyes contrarias a los intereses de la oligarquía. Son los dirigentes partidistas que condujeron a sus organizaciones a la pérdida de registro o a la irrelevancia.
Resulta, además, paradójico que hablen de dictadura quienes convocan asambleas multitudinarias, crean organizaciones civiles, recorren el país, litigan en tribunales y critican al gobierno todos los días en medios nacionales sin censura alguna. Extraña dictadura aquella que permite a sus críticos organizarse, competir y disputar el poder en absoluta libertad.
El problema de fondo no es que cambien de careta una vez al mes. El problema es que pretenden engañar al pueblo de México como si nada hubiera cambiado. Pero el país se transformó. La sociedad está politizada, las mayorías repudian la simulación, los discursos ya no bastan para ganar elecciones y la narrativa del miedo ya no funciona. Hoy las personas conocen sus derechos y los ejercen para exigir transformaciones reales en sus condiciones de vida. Las y los mexicanos no están dispuestos a restaurar el viejo régimen, por más que sus voceros se disfracen de “resistencia”.
Si “Somos México” aspira a convertirse en una alternativa auténtica, tendrá que hacer algo más que reciclar liderazgos, logotipos y consignas. Tendrá que abandonar el disfraz de resistencia cívica y asumir con claridad su ubicación ideológica. Tendrá que decir, sin rodeos, a qué intereses representa y qué modelo de país propone.
Cambiar de nombre no equivale a reinventarse. Si los viejos liderazgos del PRIAN quieren competir, adelante. Pero háganlo sin máscaras. La autenticidad no se decreta con un nuevo logotipo. Se construye con coherencia, autocrítica y una lectura honesta del país que hoy existe.