El 8 de marzo no se festeja. Se nombran las violencias, las luchas y las ausencias. Se escucha el reclamo de millones de mujeres que exigen justicia, dignidad e igualdad real. Y se reconoce a quienes, desde distintos frentes, han abierto camino y han conquistado espacios.
El domingo pasado la Presidenta Claudia Sheinbaum conmemoró el Día Internacional de la Mujer rindiendo homenaje a las mujeres que integran las Fuerzas Armadas. Mujeres del Ejército, de la Fuerza Aérea, de la Marina Armada y de la Guardia Nacional. Más de 42 mil 660 mujeres que portan un uniforme con orgullo y sirven a México con honor.
La reacción de la oposición no se hizo esperar. Dijeron que el acto "militarizó" el Día de la Mujer. Que lo protagonizaron los militares. Que nada es más ajeno a las mujeres que la disciplina castrense. Hubo incluso quien recurrió a la mitología para señalar que Marte es el dios de la virilidad y la violencia, como si eso invalidara el homenaje. Como si el nombre de un campo deportivo borrara la presencia de miles de mujeres uniformadas frente a la primera mujer Presidenta en doscientos años de República.
No se dieron cuenta, o prefirieron ignorar, que con ese argumento no atacaban a la Presidenta. En su afán de juzgar, borraron de un plumazo a miles de mujeres que eligieron dedicar su vida a servir a México. Mujeres que se abrieron camino en uno de los espacios históricamente más complejos para ellas; que estudiaron, entrenaron y ascendieron en una institución demandante; que han cargado con exigencias profesionales, familiares y sociales que nunca se imponen del mismo modo a los hombres; que han puesto en riesgo su integridad y su vida para servir a México. Merecen reconocimiento, pero los opinólogos prefirieron ignorarlas. Las borraron para reemplazarlas con la imagen de los generales y así reclamar que el día fue sobre ellos, no sobre ellas.
El argumento tiene además una trampa moral: si la presencia de mandos militares varones "masculiniza" el acto, entonces la conclusión es que las mujeres en las Fuerzas Armadas no deberían estar ahí, que su presencia no merece reconocimiento público y que la Presidenta no debería visibilizarla.
La igualdad sustantiva no es un catálogo de espacios permitidos para las mujeres. No es un manual de dónde pueden estar y dónde no. Es exactamente lo contrario: reconocer a las mujeres donde ellas decidan estar. El 8M es el día para visibilizar las conquistas de las mujeres en todos los ámbitos, sin excepción.
La Presidenta lo dijo sin ambigüedades: marzo está dedicado a reconocer a las mujeres mexicanas. A todas. Inició con las mujeres de las Fuerzas Armadas y continuará con las de la medicina, la ciencia, el campo y el hogar. No hay jerarquía de mujeres valiosas en ese mensaje. No hay mujeres que merezcan más reconocimiento que otras. Hay un principio: ninguna mujer debe ser invisible.
Contrario a lo que afirma la comentocracia, es muy poderoso que sea la primera mujer Presidenta de México quien hable de erradicar la violencia contra las mujeres en el corazón de las Fuerzas Armadas, frente a sus altos mandos, y quien entregue condecoraciones a mujeres que pilotean aeronaves, dirigen unidades y toman decisiones estratégicas. No para negar las deudas que el país tiene con las mujeres, sino para afirmar algo elemental: que la transformación también pasa por abrir y reformar las instituciones donde durante décadas se les dijo que no podían estar. Ese día, muchas niñas mexicanas las vieron. Las vieron y entendieron algo que durante demasiado tiempo se les negó: ellas también pueden.
La oposición busca instrumentar el feminismo para golpear. Al hacerlo, generan un discurso selectivo, excluyente y, en el fondo, tan jerárquico como el patriarcado que dice combatir. La lucha de las mujeres no es propiedad de nadie. No tiene un único rostro ni una única trinchera.
Las mujeres han conquistado derechos y espacios que parecían inalcanzables, muchos de ellos precisamente porque se negaron a aceptar que había lugares donde no podían estar. Las mujeres de las Fuerzas Armadas son parte de esa historia. Su sacrificio, su entrega y su decisión de abrirse paso donde históricamente no estaban no es una nota al pie: es una conquista que merece ser nombrada, reconocida y celebrada el 8 de marzo como cualquier otra.
Visibilizar a las mujeres en todos los espacios donde protegen, cuidan, mandan y sirven no es una concesión política. Es una exigencia básica de igualdad sustantiva. También son mujeres. También han luchado. También merecen reconocimiento, respeto y dignidad.