La contemplación es la más inútil entre lo inútil. Está la poesía que se asoma en la existencia como una fatalidad de la sensibilidad rebelde, el poeta tiene vocación al fracaso, los poemas no cotizan en la bolsa de valores, al contrario, son un lastre, antídoto contra el sentido común, esperan pacientes a surgir cuando la melancolía sube a borbotones hasta la cabeza después de hacer estallar el corazón.
Aún más innecesaria que la poesía es la contemplación, quien contempla no hace, no decide, no limita y no se mueve. La actividad espera ser redituada por cada decisión. La contemplación se espera a sí misma, es espacio y tiempo. La actividad es extrovertida, la contemplación es un viaje a lo más profundo de cada ser, ese lugar que solo permite un suspiro, una lágrima. La actividad, tan útil y necesaria, sabe a dónde va, y entre más claro lo tenga, más útil será. La contemplación va a ningún sitio, a veces errante, a veces estática, hace que la vida se eternice, pregunta porque conoce su repuesta.
La contemplación está proscrita, la útil actividad, las metas, los resultados, los logros alcanzados, la miran con el desprecio del parásito que medra del espacio que el triunfo no se atreve a tocar. La contemplación no es redituable, pasa sobre el tiempo y nada queda. Desde la soledad la contemplación se expande, mira por largo espacio una pintura, escucha varias veces una partitura, relee un poema, es decir, nada. Ofrece recompensas poco atractivas: conocerse a sí mismo, profundizar en el propio ser, gozar del milagro de la belleza, estar con las palabras eternas de un poema, nada, otra vez nada.
El primer dibujo, la primera nota musical, la primera línea de un poema hicieron una pausa en el camino de la supervivencia, era agotador seguir adelante, sobrevivir sin saber de dónde venía la paz del silencio. Entonces la contemplación hizo todo soportable, hizo una pausa en el trayecto para mirar a quién estaba caminado. La contemplación entonces fue un espejo, somos lo que contemplamos, quien no contempla carece de reflejo.
Pensar, iniciar ese monólogo del ser con el ser, exige tiempo. Hacer y pensar, es la ficción de la actividad, ser multitasking, hacer varias cosas a la vez, en el mismo minuto. Por eso casi nadie piensa, porque ese tiempo es más útil para hacer sin pensar, o aparentar que se piensa una cosa mientras se hace otra. Es incómodo pensar, “no pienses, actúa” es el consejo. La contemplación dice, “no actúes, piensa”.
Está de moda tener un “propósito”, le dicen en inglés, que de allá vine la idea, “purpose”, así suena más productivo, más monetario. Ese propósito está dirigido a la productividad, dirige la actividad. La contemplación carece de propósito, de “purpose”, inicia en el ensimismamiento, en abrir espacio a lo eterno. El arte fue creado para la contemplación, son la pareja inútil, se hace con esfuerzo, pasión, maestría y la contemplación, la meditación es su destino, otra vez, nada. Es la montaña cayendo dentro de su propio abismo.