El amor es paciente, la pasión es impetuosa. El amor se entrega al tiempo, la pasión busca el instante que alimenta a la insatisfacción. La Odisea de Homero, es el viaje metafórico, dentro de la psique de dos amantes que ponen a prueba la carrera entre el amor y la muerte. La adaptación cinematográfica de Christopher Nolan me hizo, como a Ulises, regresar a una historia que describe las pesadillas y temores de la naturaleza humana.
Leer a los griegos desde la literalidad o desde los prejuicios puritanos de nuestra época la despoja de sabiduría y misterio. Los personajes, la presencia de los dioses, el trayecto del héroe que da sentido a la existencia, crearon el canon de los cuestionamientos humanos que se depositaron en la filosofía. El teatro, la mitología, la narrativa son descripciones de la psique humana desde la poesía. Carl Jung tomó estos personajes y construyó sus arquetipos y codificó la conducta humana.
La Odisea no es únicamente sobre el viaje de Ulises, es sobre la espera de Penélope, en esta trama la que está a prueba es ella, que sin esperanza, con el mar como una frontera inescrutable en el tiempo y el espacio, mar-limbo, mar-abismo, habitado por la ira de Poseidón y el misterio de las sirenas. Ella tiene la fortaleza de su amor, sabe que si se rinde, si deja de creer, de esperar, está condenando a Ulises a nunca regresar. Ulises pierde la noción del tiempo, pierde la memoria porque el que recuerda regresa.
Penélope sueña que las sirenas con sus cantos ahogan a Ulises con historias, amenazas y placeres, ellas imitan las voces de las almas que el mar se ha tragado. Sueña a Circe, la bruja de ojos de ópalo y veneno, hechiza, tiene porquerizas de guerreros ayer valientes y hoy son cerdos que hunden sus hocicos en el fango devorando cadáveres de marinos y doncellas. Penélope despierta y mira al mar, le advierte que ella es más fuerte, que se mantendrá como las estrellas, que será constante en ese ir y venir del oleaje que gobierna la Luna.
Polifemo del tamaño de una montaña es minúsculo ante la estatura de ella, que conoce la salida de la gruta que oculta el miedo, sola, con sus manos ha tapado la entrada con una roca. El miedo, ese acompañante oscuro y frío, está sepultado vivo con la agonía de Polifemo. Teje y desteje. la labor interminable, contemplativa, Ulises llegará desde el mar el día que termine ese manto. Es un trabajo metódico, sin recompensa, ese lienzo le da un refugio, cada hilo contiene las palabras que dedica a Ulises en un monólogo que conoce las respuestas.
La existencia es el breve viaje hacia nosotros mismos, pocos sitios tan lejanos, desconocidos, habitado por el monstruo del pasado. La historia de cada ser es ese lienzo que tejemos y destejemos, vivir es hacer y deshacer, mirar al mar, advertirle, como Penélope, que resistir es amar. La espera sucede en el presente. En el arco de Ulises el tiempo lanza su flecha a un trayecto interminable, hasta perderse sin buscar destino.