Parafraseando a Gabriel García Márquez, si El amor en los tiempos del cólera retrata la persistencia frente a la adversidad, los mercados emergentes vuelven a ofrecer una lección similar: la resiliencia no se da a pesar de los episodios de tensión, sino que suele ponerse a prueba —y construirse— justo en esos momentos. La intensificación del conflicto en Medio Oriente ha elevado la incertidumbre en la economía internacional, reforzando un entorno caracterizado por shocks, fragmentación geopolítica y una elevada dispersión en sus impactos entre países. Lejos de un escenario uniforme, el contexto actual exige una mirada más selectiva y diferenciada.
Las tensiones geopolíticas han vuelto a poner sobre la mesa la fragilidad de las cadenas globales de suministro y los riesgos asociados al tránsito energético por rutas clave como el estrecho de Ormuz. Esto ha contribuido a una mayor volatilidad en los precios del petróleo y al fortalecimiento del dólar. Para las economías emergentes, este shock externo no es neutro. El encarecimiento de la energía y otros insumos importados presionan la inflación, complicando el proceso de normalización monetaria y afectando el poder adquisitivo de los hogares. A ello se suma un contexto financiero global más exigente y un menor dinamismo del comercio internacional, factores que pesan sobre las perspectivas de corto plazo.
Sin embargo, el impacto de este shock ha sido claramente desigual. Las tensiones geopolíticas recientes pueden entenderse como un shock de volatilidad, más que como un quiebre estructural del régimen económico global, lo que se refleja en respuestas divergentes entre regiones. En este sentido, América Latina ha mostrado una resiliencia relativa frente a otras regiones más dependientes de importaciones energéticas, como Asia y Europa. La condición de varios países latinoamericanos como exportadores netos de energía, así como de materias primas críticas, puede amortiguar parte del golpe externo, sosteniendo el desempeño de algunos activos financieros. Esta heterogeneidad refuerza la importancia de evitar lecturas simplificadas sobre “los mercados emergentes” como un bloque único.
En este mapa más fragmentado, México ocupa una posición particularmente relevante. En un mundo donde las empresas globales buscan resiliencia y diversificación en sus cadenas de suministro, el país se ha consolidado como un nodo clave. La relocalización de operaciones, impulsada por tensiones geopolíticas y comerciales, está redibujando los flujos de inversión, y México se encuentra entre los principales beneficiarios. Prueba de ello es el dinamismo reciente en la inversión extranjera directa: nuestro país alcanzó un máximo histórico de más de 40 mil millones de dólares en 2025, de acuerdo con la Secretaría de Economía, consolidando una tendencia de crecimiento sostenido en los últimos años.
El país también se encuentra en la intersección de dos de las grandes fuerzas estructurales que hoy están transformando la economía global: la transición energética y la digitalización. La demanda por infraestructura, energía, logística y conectividad será clave para sostener este proceso, abriendo oportunidades tanto en mercados públicos como privados. Traducir estas tendencias en crecimiento sostenido dependerá de la capacidad para movilizar inversión y mantener un entorno macroeconómico estable.
Desde la perspectiva de mercados, este contexto refuerza la importancia de adoptar una mirada selectiva y basada en fundamentos. En renta fija, si bien los avances en credibilidad fiscal y monetaria han fortalecido a varios emisores emergentes, la volatilidad global favorece una preferencia por deuda denominada en dólares, más protegida frente a movimientos abruptos del tipo de cambio. En la renta variable, la cautela sigue siendo necesaria, pero con espacio para privilegiar sectores y países alineados con estas megafuerzas.
En un mundo más volátil y fragmentado, los mercados emergentes —y América Latina en particular— enfrentan desafíos relevantes en el corto plazo, pero también oportunidades estructurales significativas. Para México, el reto será convertir su posicionamiento estratégico en crecimiento sostenido, manteniendo los equilibrios macroeconómicos que han sido un componente central de su resiliencia reciente. Desde la óptica del inversionista, navegar este nuevo entorno requerirá disciplina, claridad estratégica y, más que nunca, una aproximación selectiva y diferenciada.