El día que el pan se puso en bolsita

Toluca /

México ha sido condecorado con múltiples reconocimientos por su gastronomía; su ubicación geográfica le ha permitido contar con una vasta cantidad de ingredientes y esto, a su vez, permite un sinfín de combinaciones, sabores y sentimientos. Posteriormente, con los intercambios culturales, colonizaciones e imposiciones culinarias, la inventiva de esta nación dio paso a una nueva era de “lo que comemos” y el “porque lo comemos”. Con la panadería europea hicimos los “ojos de pancha”, con los tallarines orientales creamos la “sopita de fideo”, y no olvidemos las famosas “tapas españolas”, que tras el paso de los años las juntamos y conformamos las tortas de jamón, como las del chavo.

La alimentación se encuentra en un punto crítico, donde los restaurantes exhiben un mundo totalmente diferente al que se vive; porque el oficinista no tiene otra opción más que comprar alimentos procesados; tomar café soluble, cuando contamos con cafetales de gran calidad; comer pan en bolsa, cuando una pieza de pan es mucho más barato; comer burritos de microondas, cuando el recetario mexicano no tiene entre sus filas a dicho alimento; y, al contrario, cuenta con platillos más prácticos, económicos y nutritivos. O el caso de los niños, donde una sopa está concebida en baso de unicel con ingredientes deshidratados, y que un premio puede ser una bolsita de papas o una hamburguesa con juguete. Nuestra alimentación se está “achatarrando”, concepto hace numerosas veces expresado, el cual no dudo que en unos años sea motivo de investigación, de continuar con esta ideología acerca de la nutrición.

Podríamos achacar este fenómeno al tipo de vida que tenemos hoy en día, apresurado; el tiempo de viaje entre la casa y el trabajo o escuela puede ser muy largo, por lo que no queda mucho tiempo para preparar el lunch o la comida; sin embargo, como sociedad mexicana, hemos buscado practicidad en vez de calidad y con la ayuda de las industrias hemos, por decirlo de alguna manera, creado un estilo diferente en alimentación, el de analogía del sabor, donde degustamos fórmulas químicas, por ejemplo el chocolate de los panecillos que en realidad no es meramente chocolate, sin un compuesto con saborizantes, al igual que espesantes o estabilizadores para dar un sabor tipo chocolate, ya que trabajar de manera industrializada con estos ingredientes es costoso y laborioso.

Todo esto forma parte del sistema ideológico que se ha impuesto, donde la imagen es lo que vende, donde el empaque vale más que el contenido y donde da más caché comer de un empaque de plástico que en un plato de barro, esperemos no ocurra el día en que el caldo o el pambazo lo vendan en la tienda de la esquina como parte del fast food.

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