Sobre una mesa improvisada, un mantel bordado y unas veladora casi extintas, se posan losretratos de la familia ya fallecida; para su feliz retorno se coloca lo que el difunto, gustoso, disfrutaba en vida, desde un buen plato de mole hasta un “fuerte” de ron, brandy o tequila. La muerte, como símbolo del fin de ciclo, es un elemento controversial a lo largo del mundo, cada una de las distintas culturas y religiones contextualizan su significado.
Para el México multicolor esta se puede representar por medio de un objeto clave, la calavera. Emblema perpetuo del rostro que un día tuvimos y que, al dejar este mundo, heredamos como la única señal material de nuestro paso. Sin embargo, en torno a este emblema se construyen un sinfín de historias que van enriqueciendo al mito. El celebrar la muerte va más allá de sentimientos oscuros o ritualización del mal, siguiendo un legado prehispánico, la muerte era tan solo el paso entre mundos e inframundos, donde los actos realizados en el mundo no serían motivo de premio o castigo, sino el rango social que se ocupaba.
La idea de un pecado y una penitencia llegó con la evangelización, el choque cultural, en el que un acto lo podía condenar al cielo o al infierno, es de ahí que la muerte se convierte en la antesala al juicio final. Durante este tiempo, La Colonia, es cuando se construyen la mayor cantidad de elementos que componen la actual conciencia en torno a la vida, la muerte, el bien y el mal. De ahí que las prácticas “salvajes” de los indígenas fueron combinadas, sustituyendo, y posteriormente alternando, el maíz y el amaranto por el trigo; la celebración dedicada a los dioses por las fiestas patronales y entrega a un solo dios.
Años posteriores a la Independencia, la recreación identitaria nos condujo a nuevas tendencias; por un lado, el marcado sentimiento anticlerical y español nos permitió regresar a las creencias indígenas, siguiendo el rastro de las primeras raíces; y, por el otro, la reproducción de la sociedad francesa, considerada un modelo de civilización avanzada. De ahí que, en un “estira y afloja”, entraran a las costumbres mexicanas distintos símbolos. Aterrizando en el más icónico, la Catrina. Las calaves, obra del caricaturista José Guadalupe Pasada, aparecen como forma de protesta frente al gobierno porfirista, en las que el autor retrataba la vida festiva del pueblo mexicano a pesar de los malos tiempos. Posteriormente, Diego Rivera en su obra “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, reviste y rediseña a aquellas calaveras, ahora bajo el nombre de La Catrina, mujer esquelética arropada con ropajes franceses mirando fijamente al espectador. Hoy la calaverita de azúcar se posa en aquella mesa improvisada cubierta con un mantel bordado, evocando los tiempos del México viendo siempre de frente a los vivos.
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