Durante el receso Yazmín y Lucero se dirigieron a la cafetería improvisada a las afueras de su escuela, después de mucho meditar decidieron compartir un vaso grande de esquites y un Boing de mango. De regreso a su salón Lucero mencionó que de pequeña sus papás no le permitían comer en la calle, caso contrario sucedió con Yazmín, quien podía deducir, por el olfato, donde encontrar la mejor garnacha de la zona. Sin embargo, con los quehaceres de sus estudios, pocos eran los momentos para tomar un descanso y disfrutar un alimento local.
Maíz, elemento primordial de la mesa mexicana, en torno a este grano dorado se cuenta desde el origen del hombre hasta la forma en que debiera de ser alimentado por sí mismo. En tiempos prehispánicos, los indígenas entregaban ofrendas a Huitzilopochtli en canastos, en numerosas referencias se hace mención de frijol, amaranto, chía y maíz, entre otros. Durante la ceremonia se rociaba sobre estos la sangre de los sacrificados, se daba gracias por las cosechas y la abundancia, y se proseguía a la verbena. De entre dichos ofrecimientos, el maíz y la sangre eran elementos místicos, dadores de vida y vitales para las creencias mesoamericanas.
Los cambios que traerían consigo los católicos, vía España, colocarían en un dilema a los indígenas, que, además de ser los colonizados, debían obedecer las nuevas reglas, las nuevas ceremonias y al nuevo dios. Cabe aclarar que, para la idiosincrasia occidental, la sangre en su forma literal no debe ser consumida, el hombre no es digno de beber la fuente vital, mientras que la carne humana, el canibalismo, es un segundo acto despreciable; ambos ejercidos por las culturas mesoamericanas. En cambio, en las fiestas litúrgicas la carne y sangre de Dios se presentan a través de la ostia y el vino, tal cual se menciona en la última cena, por lo tanto, sí se bebe sangre y se come la carne humana, pero a través de un simbolismo.
Tanto el vino y la ostia son el resultado de años de historia de la gastronomía. Desde el antiguo Egipto, sus habitantes se vieron obligados a buscar formas de conservar cierto tipo de alimentos, tomando en cuenta que su alimentación se basaba en la vid, el trigo y el olivo, es de suponer que los dos primeros debían ser de suma importancia y extensa aplicación en su alimentación. Años más tarde, los hebreos, quienes huyeran de Egipto, adoptarían al trigo como su comida básica, no así el vino, dotarían al pan de una fuerte carga religiosa hasta nuestros días, mientras otros grupos, como los romanos, harían lo mismo con el vino.
La consolidación de una Iglesia Católica Apostólica Romana permitiría la fusión de los ya mencionados productos, pan y vino; aunque pocos se imaginarían que ambos mundos, el del maíz y el del pan, se vieran congeniando un espacio y coexistiendo en un país y una sociedad que finalmente les otorgara un lugar en su dieta y en su percepción social, como lo es la mexicana.