Entre la oscuridad de la noche, en las primeras horas de la mañana o como respuesta para la hora de comer, cada ciudad posee su zona de delicias, una calle en específico o una colonia entera; cualquier viajante debería preguntar en cada lugar que visite, en dónde come el ciudadano común, con suerte se podrá descubrir un oasis o simplemente un lugar decente donde hincar el diente. La historia de una ciudad también se puede escribir por dos segmentos, su desarrollo urbanístico y su comida.
De manera generalizada, la afición por la comida callejera en el país puede rastrearse desde la época prehispánica, el mercado de Tlatelolco, muy mencionado en este espacio en las últimas entregas, disponía de un área en la que se podían adquirir alimentos ya preparados, durante la Colonia, el fenómeno pudo haber decrecido en sus primeros años, pues entre la evangelización, los enfrentamientos con indígenas y el mismo dominio peninsular, la vida social tendría una reconfiguración. Sin embargo, para la sociedad pujante, criolla y española, la recreación de la vida europea era esencial, como forma de añoranza, pero también de implantación y emblema. La apertura de mesones, hostales y merenderos dieron cuenta de ello, sin embargo, con el paso de los años, aquel viejo esquema de la vida popular, que incluía los alimentos, tomó su lugar en el escalafón público.
Para el último centenario de la época virreinal la venta de alimentos callejeros se extendía entre las calles aledañas al zócalo de la ciudad de México; con la llegada de la Independencia, y tras su consumación en 1821, el gobierno decidió reordenar el comercio, con la intensión de percibir impuestos de esta actividad. En algunos casos los dedicados a la elaboración de alimentos optaron por instalarse de manera permanente en viejas casas coloniales, dispusieron del espacio propicio para su labor y poco a poco consolidaron el inicio de la actividad restaurantera en el centro del país. Por otra parte, un sector más humilde siguió en las calles, afuera de las pulquerías, de las tabernas o sitios públicos, como parques o plazas.
Este efecto produjo dos esferas, dos mundos, el glamuroso y excéntrico, propicio para las clases altas, y el popular que, si bien comenzó siendo punto de reunión para las clases bajas, con el paso de los años engatusó poco a poco a las clases medias y de vez en cuando a la aristocracia. Con el paso de los años las ciudades y sus ciudadanos han construido espacios propios para la comida callejera, donde un grupo de focos al aire nos indica que en ese lugar podemos encontrar complacencias culinarias.