Rojo picante

Estado de México /
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Miguel apresura el paso al ver que se acerca el autobús a la parada local. En su trayecto contempla los trabajos de limpieza en el zócalo capitalino y le hacen recordar lo vivido en días pasados. Ver cómo poco a poco desaparece la pantalla gigante y las decoraciones pintorescas hace ameno el viaje. Debido al país ganador de la justa futbolística mundial, el menú en su trabajo dedicó el resto del mes a la comida española. Sin embargo, tanto para él como para sus compañeros, resulta extraño ver cómo varios guisos llevan chiles secos, empezando por los chorizos, al grado de recalcar que esa no puede ser comida enteramente española.

Después de los festejos, los goles y el mar tricolor de las semanas pasadas, la sociedad vuelve a la normalidad. Poco a poco desaparecen los banderines, la pasión al ver rodar el balón y, de paso, las discrepancias y chauvinismos futboleros. Y, aunque en algunas partes del planeta aún se mantiene una rencilla que pasó del deporte a la política, la realidad es que México, como anfitrión, dejó un buen sabor en varios sentidos. Acto contrario, España, como ganador de la copa del mundo, abrió en distintos escenarios la memoria histórica entre ambos países, algunos vistiendo la playera de la selección victoriosa y otros evocando los modos de vida y, lógicamente, los modos de mesa peninsulares.

Desde el arribo ibérico al continente americano, en 1492, se suscitó dicho fenómeno: el intercambio culinario. Como lo indica la historiadora María Ángeles Pérez Samper, los alimentos de ida y vuelta constituyeron y reconfiguraron la dieta mundial. Alimentos como el azúcar, café, el jitomate, el cacao, la vainilla y los pimientos (chile), viajaron a través del océano Atlántico y cada uno tomó distintas rutas y destinos, cada civilización realizó su selección, aceptación o rechazo, dando paso a una nueva gastronomía local.

En el caso del chile, desde hace varios años, se tiene la idea de ser un alimento consumido y “soportado” en México, Medio Oriente y parte de Asia. Sin embargo, existe una historia profunda en la adopción del chile en España, tanto en la pintura, la literatura y, lógicamente, la cocina. Como parte de las investigaciones de Pérez Samper, se da un seguimiento en las obras de Diego Velázquez (Vieja friendo huevos y Cristo en casa de Marta y María), donde, como parte del escenario popular, se puede observar chiles secos como parte de la dieta cotidiana.

Por otra parte, en la literatura de Miguel de Cervantes (Rinconete y Cortadillo), Félix Lope de Vega (El sastre de Campillo), Francisco de Quevedo (Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos) se mencionan los pimientos y pimentones. Casualmente, su mayor impacto fue en la elaboración de chorizos, donde aportaron color y sabor, además de estar presente en las mesas populares y de estratos altos. De esta forma, en la ida y vuelta, los embutidos pigmentados con chiles se acoplaron a la dieta mexicana, sin sospechar que su origen correspondía a tierras lejanas.


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