Ningún ritual matutino se libra de la alarma climática. Recientemente la revista revista Nature declaró que el café está “gravemente amenazado por el cambio climático” y describió cómo los científicos se apresuran por salvar tu espresso de la “extinción”. El New York Times culpa de los altísimos precios del café a las dificultades de suministro provocadas por el cambio climático en Brasil y Vietnam. ¿Y tu aceite de oliva? CNN y Bloomberg se lamentan de una “crisis” aparentemente permanente, con las sequías del Mediterráneo presagiando un futuro en el que un producto básico de uso diario desaparecerá para siempre.
El mensaje es inequívoco: el calentamiento global amenaza la mesa de tu familia, y solo una política climática de gran alcance puede salvarla. El mensaje también es erróneo. Si dejamos de lado el sensacionalismo, hoy en día los alimentos son más abundantes y baratos que en el pasado.
Empecemos por el café, que supuestamente se encuentra en su lecho de muerte. Este año, se espera que la producción mundial de café alcance otro récord: más del doble de la producción mundial de hace 50 años. Los cultivos al borde de la extinción no producen cosechas récord. Y, a pesar de las recientes subidas de precios, el precio real del café ha seguido una tendencia a la baja desde 1960. Ajustado a la inflación, el café ha costado en este siglo, en promedio, la mitad de lo que costaba en el siglo pasado.
¿Cómo es posible que medios como el New York Times se equivoquen tanto? Ignorando inexcusablemente la inflación, comparando los precios del café de la década de 1970, expresados en dólares de aquella época, con los precios expresados en dólares actuales. Según ese criterio, todo está en máximos históricos, siempre.
Incluso los propios artículos de Nature desmienten su titular sobre la extinción. Etiopía conserva más de 12,000 plantas de arábica en bancos de genes vivos para criar variedades tolerantes al calor y a la sequía. “Creo que contamos con suficiente patrimonio genético para luchar contra el cambio climático”, afirma el genetista vegetal etíope que lidera la iniciativa. Los agricultores de las regiones más cálidas ya están pasando a cultivar especies de café más resistentes que los catadores profesionales no pueden distinguir del cafeto arábico de alta calidad. Eso no es extinción. Es lo que siempre ha sido la agricultura: adaptación y mejora.
La supuesta crisis del aceite de oliva se desmorona ante el mismo análisis. Según las estadísticas alimentarias de las Naciones Unidas, la producción mundial de aceite de oliva se ha triplicado desde 1961 y se ha duplicado desde 1990. El año pasado y este año, junto con la excepcional cosecha de 2018, marcan el récord histórico de producción de aceite de oliva. Mientras tanto, los precios ajustados a la inflación no han aumentado, sino que han descendido ligeramente desde 1990. Una vez más, las mejoras en las prácticas agrícolas y la expansión de los cultivos compensan con creces cualquier efecto climático.
Las historias alarmistas sobre los alimentos siguen una fórmula. Se toma un fenómeno meteorológico aislado, se le atribuye al calentamiento global, se omite el ajuste por inflación y se ignoran los datos a largo plazo. Las fluctuaciones naturales de un año a otro, impulsadas por la economía, la política comercial y las subvenciones, se presentan como tendencias apocalípticas. Algo que rara vez se menciona: gran parte de la presión real sobre los precios de los alimentos proviene de los costos de los fertilizantes y el transporte que, irónicamente, se ven inflados por las políticas climáticas que aumentan las facturas de energía de los combustibles fósiles necesarios para la agricultura.
De lo que nunca se habla: las formas en que el cambio climático beneficia a los cultivos. El dióxido de carbono es alimento para las plantas, por lo que los agricultores comerciales inyectan CO₂ adicional en los invernaderos para producir más tomates. Los satélites de la NASA muestran que el planeta lleva cuatro décadas volviéndose más verde, lo que significa que el mundo ha ganado una superficie de vegetación equivalente a, al menos, el doble de la selva amazónica.
En términos generales, el cambio climático perjudicará a la agricultura. Sin embargo, su impacto queda eclipsado por el aumento de la productividad. Un estudio muy citado publicado en Nature concluye que, sin ningún cambio climático, la producción mundial de calorías alimentarias aumentará un 51% entre 2010 y 2050. Incluso en el caso de un calentamiento extremo y poco realista, seguirá aumentando un 49%. En todos los modelos y escenarios, la diferencia en las calorías disponibles por persona asciende a una décima parte del uno por ciento.
Esto es porque la humanidad sigue mejorando su capacidad para producir alimentos. La producción de cereales se ha más que quintuplicado durante el último siglo, mientras que los precios reales de los alimentos se han reducido a menos de la mitad. La Revolución Verde de la década de 1960, con variedades de alto rendimiento, fertilizantes y riego, convirtió a países propensos a la hambruna en exportadores. La India, que alguna vez fue considerada un caso perdido dependiente de la ayuda alimentaria, cuadruplicó su producción de arroz entre 1961 y 2023 y es hoy el mayor exportador de arroz del mundo. La disponibilidad diaria de calorías por persona ha pasado de menos de 2.200 en 1961 a más de 2.900 en la actualidad. La desnutrición mundial se ha reducido drásticamente, pasando de afectar aproximadamente a una de cada cuatro personas en el mundo en desarrollo a principios de la década de 1990 a menos del 10% en la actualidad.
La tarea ahora es terminar el trabajo. La innovación debería extenderse a cultivos poco investigados como el sorgo, la yuca y el mijo, alimentos básicos para dos mil millones de personas en el mundo en desarrollo, que han sido ignorados en gran medida por los programas de mejoramiento genético comerciales. La inversión en biotecnología, agricultura de precisión y variedades resistentes a la sequía beneficiará mucho más a los pobres del mundo (y a tu presupuesto para alimentos) que cualquier objetivo de emisiones.
El pánico en torno al café y el aceite de oliva invierte completamente la realidad. El cambio climático no está acabando con nuestros alimentos básicos. A nivel mundial, los precios de los alimentos se han reducido a menos de la mitad a lo largo del siglo, y estamos produciendo más que nunca. La ONU prevé que nuestra cosecha actual de cereales vuelva a batir un nuevo récord mundial. Estos logros se deben a la Revolución Verde y al ingenio humano, no a las políticas climáticas que encarecen los costos. Podemos seguir alimentando a más personas, y mejor, apostando aún más fuerte por lo que realmente funciona: la innovación.