México: Fernando Escalante o el orden detrás del desorden

Ciudad de México /
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Hay autores que nos enseñan cosas que no sabíamos. Otros —los menos— que nos obligan a volver a mirar lo que creíamos saber ya y, en el camino, nos permiten entender. Fernando Escalante pertenece a esa segunda categoría. Su nuevo libro: Sumisa desobediencia, publicado por Grano de Sal, lo hace patente una vez más.

Nos hemos acostumbrado a explicar México por lo que le falta. No fuimos ni somos los ciudadanos que debíamos ser. No tuvimos el Estado que debíamos tener. Tampoco han arraigado entre nosotros el respeto a la ley ni las instituciones que correspondían al modelo de sociedad occidental moderna que adoptamos como propio. Nuestra historia política aparece, así, como un catálogo interminable de incumplimientos, defectos y fracasos.

El relato en cuestión no es falso. Su problema es que deja sin responder una pregunta fundamental: ¿cómo consiguió sostenerse, entonces, esa sociedad supuestamente inviable? En el siglo XIX, desde luego, pero también en el XX y en el XXI. Importa preguntarlo, pues México ha producido autoridades, obligaciones, lealtades y maneras de resolver conflictos. También ha producido injusticias terribles, violencia y desbarajustes sin fin. Pero ha habido —con altas y bajas— un cierto orden de fondo. ¿Cuál ha sido este, de qué está hecho, cómo funciona?

Esa es la pregunta que hilvana Sumisa desobediencia, texto que recupera y amplía la indagación sobre la trama de fondo de la historia política mexicana iniciada por Escalante en su libro indispensable: Ciudadanos imaginarios.

El título encierra una aparente paradoja. La desobediencia habitual a las leyes que tanto desesperaba a Juárez coexistía con la sumisión al mando, frecuentemente arbitrario y personalísimo, de caciques, jefes políticos e intermediarios cuyas gestiones servían, precisamente, para incumplir la ley de modo selectivo. Como escribe Escalante: “eso que hemos visto siempre como desorden, producto de la corrupción de los políticos, era en realidad, el orden admitido, aceptable para la sociedad mexicana”.

Ahí reside una de las claves más esclarecedoras del trabajo de Fernando Escalante sobre México: la brecha terca entre las normas que legitiman al poder y los mecanismos que permiten ejercerlo y, con ello, gobernarnos en los hechos. Brecha que es producto de la falta de correspondencia entre un orden legal articulado sobre la premisa de la existencia de individuos jurídicamente iguales y una realidad social heterogénea moldeada por la preponderancia de sujetos colectivos (pueblos, clanes, corporaciones) con identidades, expectativas, y necesidades diferenciadas. 

Escalante recupera una observación deliciosa de Jesús Terán sobre la Constitución de 1857: “Nos hicieron un excelente traje sin habernos tomado las medidas”. Pero añade una complicación decisiva: un traje confeccionado a la medida de aquella sociedad tampoco habría sido ideológicamente defendible. Las formas concretas que permitían gobernarla no podían convertirse en los principios públicos que legitimaban al gobierno.

De ello deriva una tensión central: se necesita proclamar una cosa y hacer otra. La autoridad invoca la generalidad de la ley, pero opera administrando excepciones. Promete trato igual, pero depende de intermediarios capaces de obtener un trato particular para los suyos. Esa distancia, nos dice Escalante, configura el nudo constitutivo de nuestro arreglo político básico.

Cuando alguien obtiene una excepción gracias a sus contactos, ¿estamos ante un accidente o ante un mecanismo de gobierno? Cuando llamamos a una institución y nos preguntan “¿De dónde llama?”, ¿será que necesitan ubicarnos en algún colectivo para situarnos en el mapa social? Y cuando multiplicamos las reglas, ¿fortalecemos al Estado o hacemos más indispensable a quien puede destrabarnos el trámite?

Escalante sostiene que la corrupción, la arbitrariedad y la superposición de autoridades “son consecuencia de la preponderancia de la clase política y no de un desmedido poder del Estado”. Podemos tener una maquinaria estatal aparatosa y una autoridad pública débil: muchas reglas y mucha capacidad de negociación para quienes administran sus excepciones.

¿Nos suena conocido?

No se trata de suponer que nada ha cambiado desde el siglo XIX, período sobre el cual se enfocan tanto Ciudadanos imaginarios como Sumisa desobediencia. Sería absurdo. Pero tampoco podemos dar por hecho que los mecanismos que hicieron posible aquel orden desaparecieron simplemente porque cambiaron las constituciones, los partidos o los discursos.

Luis Morales

Lo más potente del trabajo de Fernando Escalante Gonzalbo es su peculiarísima manera de mirar. Mirada hecha de curiosidad genuina por entender cómo funcionan las cosas, antes de juzgar cómo deberían funcionar. De atención minuciosa al detalle, a la historia y al sentido que los propios participantes atribuyen a lo que hacen. También de disposición implacable a interrogar el lugar común y desmontar el relato conocido.

Su mirada nos permite, sobre todo, dejar de regañar a México por no ser lo que debería de ser y hacernos las preguntas que importan para entender lo que tiene de único y particular, pero, también, lo que contiene de universal.

Entender no equivale a absolver. Lo que permite es hacer más precisa y exigente la crítica. Si queremos transformar nuestra realidad, necesitamos conocer los mecanismos que la sostienen.

La indignación puede activarnos. Para saber hacia dónde y cómo movernos, hace falta algo más. Hace falta entender. Y, para eso, el trabajo de Escalante es absolutamente indispensable.



  • Blanca Heredia
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