Crítica del teatro y la vida

Ciudad de México /
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He escrito innumerables textos alrededor de la crítica. He sido justo e injusto y me he ganado a pulso la animadversión, especialmente en la comunidad teatral: egos robustos que prefieren el canto de las sirenas que se quedan en su isla. Persistimos en la creencia de un oficio necesario que exige memoria, conocimiento y cualidades personales. Aspiro a estar cerca de la verdad estética con ética. 

Me preparé para entender fenómenos culturales, comprender su razón de existir, analizar coordenadas sociales de cómo y por qué estallan las obras, sus estilos y corrientes, sin pensar en el éxito o fracaso del público. Ninguna crítica satisface a nadie pero es necesaria para que el arte no sea rebatinga de mediocridad y política de baja estofa.

No me interesa el teatro comercial que debiera ser profesional porque pagar boleto caro y resultar malo es un desastre. Prefiero la puesta escénica que arriesga, la dramaturgia que aborda personajes de calado, con actores y actrices de nivel. Estudié literatura dramática y actuación para entender sus entrañas. Pero estudiar no sirve de nada sin sensibilidad, principal calidad de un crítico honesto, no el crítico que habla bien de todo y lo quiere todo el mundo. 

No creo en “lo mejor del año”. Tampoco en miles de representaciones al estilo de La criada bien criada en tiempos de María Victoria. Nuestra cartelera es variopinta y pocas veces llega el suceso teatral que estremece a la comunidad. Hay calidad en nuestro quehacer escénico y cada vez la oferta es más óptima. Cuando inicié la crítica teatral leí su historia, a sus críticos serios y a los falsos opinantes. El teatro no va a morir, como vaticinó Susan Sontag en Estilos radicales. Sobrevive en mentes que asumen autocrítica en su labor creativa. 

Sabemos que existe la crítica falsa, una bajeza porque contribuye poco ante el espectador sensible. La crítica sincera, contra todo error, es la mejor manera de encontrar un camino donde nos alcance la historia. Me niego a la domesticación que impone el ambiente. Me atengo al acto civilizatorio del crítico. Lo que pasa en el teatro pasa en la vida política. Hay que negarse a la subordinación. El amor al teatro —y la vida— exige radicalización.


  • Braulio Peralta
  • juanamoza@gmail.com
  • Periodista, ensayista y editor. Autor de Otros nombres del arcoíris, El poeta en su tierra, diálogos con Octavio Paz, De un mundo raro, un libro de crónicas de sus personales viajes como corresponsal en España, y El clóset de cristal. Publica todos los lunes su columna La letra desobediente.
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