La amistad del lobo

Ciudad de México /

La abuela cuchareaba con una jícara la espesura del café frente la estufa. La imagen la recordaba el niño —hoy adulto—, que repetía el rito de la cafeína. La persistencia de la memoria de un tiempo donde los pueblos son sueño vacacional de citadinos. Cuando la familia llega de la capital al rancho para jugar o retozar bajo los árboles, antes de ir al río. La abuela servía café como el inicio de una temporada de pláticas y reencuentros con el ayer y hoy. El bullicio era un rumor que a la distancia apenas se escuchaba, como el viento.

Él rememora en silencio cuando un virus nos tiene en desasosiego. Virus que se incrustó en las almas, ahí donde el juez implacable —uno mismo— hace la sentencia de una vida sin más apariencia que dejar pasar soles y lunas en la rutina del vacío. Cuerpo y alma podrían ser sorprendidos por la muerte ante la brevedad de la vida y la inconsistencia de lo material. Si no reflexiona esto ahora, después será tarde. Es mejor abrazar al miedo y adherirse a él que huir y permitir que esa enorme oportunidad de cambio llegue y no lo ahogue en su epidermis.

Esto es un duelo. No el hambre, la sequía ni las moscas. No la Guerra Santa, el sida o el apartheid. Eres el único que puede levantar al espíritu errante, en estado de inconsciencia. Ahondar es penetrar. Ahógate en ti, ahí donde el respiro es el único mundo posible. Nadie más que tú podrá con la amistad del lobo: el que mira detrás de tus ojos. Si lo logras puedes internarte en el alma de los demás, tus semejantes.

Un virus aprieta el corazón. Es sano que la respiración se agite y despierte ante el peligro. Que las venas remuevan escombros para depositarlos en el estercolero. Que el equilibrio del sistema nervioso se aquiete para que la templanza llegue como el depositario de una fe e impida que los males acechen. Fría la mente, la única medicina es la preservación de la conciencia como espacio de libertad para las batallas por venir. Uno es solo. Es en compañía de los solitarios como es posible el encuentro social. El resto son simples inventos industriales, nada.

La vida es dura: tomemos un café…

  • Braulio Peralta
  • juanamoza@gmail.com
  • Periodista, ensayista y editor. Autor de Otros nombres del arcoíris, El poeta en su tierra, diálogos con Octavio Paz, De un mundo raro, un libro de crónicas de sus personales viajes como corresponsal en España, y El clóset de cristal. Publica todos los lunes su columna La letra desobediente.
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