En la muerte del padre lo agarraron recién llegando a San Miguel de Allende: un amigo lo localizó y le dio la noticia, por teléfono. Y ahí va de regreso, a Ciudad de México. Tampoco a su madre la vio dar el último estertor porque al despedirse de ella, poco antes de morir, tenía que ir a trabajar y pensó que regresaría después, para verla. Demasiado tarde: le avisaron que se había ido, tranquila, sin sobresaltos. Tampoco vio a dos de sus hermanos, uno por cáncer en el cerebro y otro por coma diabético. Lo mismo le pasó con los abuelos: él en el hospital y ella en su casa, cuando ya no vivía en el pueblo que lo vio nacer. Lo más cercano que ha intuido la muerte es charlando con una tía que, de repente, dejó de susurrar por la línea telefónica porque se derrumbó, fulminada por un derrame cerebral. Se quedó helado en el auricular.
Supongo que contar esto no suena bonito porque la muerte no es romántica, al menos desde su experiencia. Románticos y hasta festivos son los días de muertos, una antigua tradición mexicana que hoy es más de turistas que de arraigo popular porque la realidad es más cruda cuando toca enterrar a una persona que ir a comer con los difuntos a los cementerios los días 1 y 2 de noviembre, y preparar los altares con deseo de presumir a los vecinos para ver a quién le quedó más lindo el recuerdo ancestral, de marca nacional. El negocio de los muertos irrumpió en la economía para ganancia del comercio, no para festinar propiamente a los que ya partieron sabrá a dónde porque seguro no es ni el cielo ni el infierno.
Para al que no vio morir a sus familiares le queda la nostalgia de la muerte como una idea quebradiza en el recuerdo. Quizá por eso aprendió a enterrarlos primero y a llorarlos después. De los altares y ofrendas, se queda mejor con el zacahuil, el atole de naranja de cucho o el chocolate de agua, el de los pobres. Sabe que aún permanecen resabios de viejas tradiciones, pero a él le quedan lejos después del verdadero sabor a muerte de sus padres, hermanos, tía y abuelos.
Nótese que los días de muertos aún no llegan y la verbena ya está en las calles, festejando lo que alguna vez fue ritual. Es mejor huir a los pueblos, con sazón a duelo.